Francisco Jordá Cerdá (1914-2004)

“En momentos en los que la acreditación de la calidad y de la excelencia se han convertido en lugares comunes para nuestras universidades, cabe recordar a aquellos pocos, muy pocos, investigadores españoles que como el profesor Jordá alcanzaron un reconocimiento y prestigio internacionales” (J. Emili Aura Tortosa, 2004)

Francisco Jordá. © Jesús F. Jordá Pardo
Francisco Jordá. © Jesús F. Jordá Pardo

NACIDO EN 1914, y fallecido en 2004, el año 2014 marca un siglo desde su nacimiento y una década desde su pérdida, por lo que parece oportuno recordar a Francisco Jordá, Don Paco, para amigos y discípulos, destacando sus estrechos vínculos con Asturias y sus aportaciones al estudio e investigación de su arte rupestre, incluso desde la lejanía de su cátedra en Salamanca.

Natural de Alcoy, se licencia en la Facultad de Filosofía y Letras de Valencia, en la sección de Historia, en el año 1936, obteniendo un puesto de profesor en el Instituto Nacional de 2ª Enseñanza de su localidad natal. Tras el estallido de la Guerra Civil española, se alista como voluntario en las Milicias de Alcoy, siendo destinado como observador cartográfico al frente de Teruel, donde es hecho prisionero. Tras pasar por varios campos de concentración, es sometido a consejo de guerra por “auxilio a la rebelión”, siendo condenado a reclusión perpetua, ingresando en 1939 en la Prisión Central de Burgos.

En 1943, cumplidos cuatro años de cárcel, es puesto en libertad, incorporándose a la vida civil con grandes dificultades, dado su pasado republicano. En Valencia, donde ejerció de profesor en diversas academias, empieza su relación con el Servicio de Investigaciones Prehistóricas de la Diputación Provincial, iniciando su dilatada actividad arqueológica como colaborador de Luis Pericot e Isidro Ballester. En 1950 es nombrado director del Museo Arqueológico de Cartagena y Comisario Provincial de Excavaciones Arqueológicas de Murcia. Durante esos años dirige trabajos arqueológicos en numerosos yacimientos de la zona levantina peninsular: Mallaetes, Cocina, Cova Negra y La Ereta del Pedregal (Valencia); Torre del Mal Paso y La Balaguera (Castellón); y la Bastida de Totana (Murcia). En 1951 descubre las pinturas rupestres levantinas del Barranco de las Letras y del Cinto de la Ventana en la Sierra de Dos Aguas (Valencia).

En el año 1952 accede por oposición al puesto de Jefe del Servicio de Investigaciones Arqueológicas de la Diputación de Oviedo, y en 1953 es nombrado director del Museo Arqueológico Provincial. En 1954 obtiene el grado de Doctor en Filosofía y Letras, defendiendo su tesis sobre El Solutrense en España y sus problemas, e ingresa en la Universidad de Oviedo, primero como ayudante de clases prácticas, y más tarde como profesor adjunto por oposición, llegando a ocupar el puesto de profesor encargado de la Cátedra vacante de Historia General del Arte e Historia General de España.

Francisco Jordá, en la Biblioteca del Museo Arqueológico de Asturias © Museo Arqueológico de Asturias
Francisco Jordá, en la Biblioteca del Museo Arqueológico de Asturias © Museo Arqueológico de Asturias

Ni sus responsabilidades administrativas, ni sus tareas académicas, ni las insidias y denuncias contra su persona por su pasado político, impidieron que en Asturias iniciase una ferviente e intensa actividad arqueológica, en yacimientos repartidos por toda la geografía asturiana y pertenecientes a muy distintas etapas de la historia de Asturias: Bricia, Pindal, Cueto la Mina, Peña de Candamo, La Lloseta, Cova Rosa o El Cierro, entre las cuevas prehistóricas, descubriendo además las pinturas paleolíticas de la cueva de Les Pedroses, en Ribadesella; los túmulos de Campiello y Baradal; los castros de Arancedo, Coaña, Mohías, San Chuis y Pico Castiello; y las villas romanas de Murias de Beloño o Paraxuga. Y no debe obviarse su intervención en la investigación de la cueva del Cuetu Lledías, en Posada de Llanes, clave en la confirmación de la falsedad, tanto de su yacimiento arqueológico como de sus pinturas rupestres. En estos años participará además en la excavación de la ciudad romana de Lancia (León), y en trabajos arqueológicos en el antiguo Sahara español.

Calco de Francisco Jordá del panel de la cueva de Les Pedroses
Calco de Francisco Jordá del panel de la cueva de Les Pedroses

En 1962 obtiene por oposición la Cátedra de Arqueología, Epigrafía y Numismática de la Universidad de Salamanca. Ocupará la dirección del Seminario de Arqueología y del Departamento de Prehistoria, y del Comité Editorial de la revista Zephyrus. Desde Salamanca, su actividad arqueológica se multiplica por todo el territorio peninsular, destacando sus trabajos en los yacimientos prehistóricos de Ojo Guareña y Atapuerca, La Pileta, Nerja, Mallaetes o Maltravieso; también sus publicaciones sobre el arte paleolítico de Herrerías (Llanes) y Tito Bustillo y La Lloseta, una de las primeras de carácter científico dedicadas al arte rupestre de las cuevas riosellanas.

Francisco Jordá y su equipo a la entrada de la cueva de Nerja. © Julián Bécares
Francisco Jordá y su equipo a la entrada de la cueva de Nerja. © Julián Bécares

Además de su actividad académica e investigadora, participa en varias comisiones científicas, como la Comisión Nacional para la conservación del Arte Rupestre, la Comisión Científica del Patronato de la Cueva de Nerja o la Comisión Internacional para la salvaguarda del arte rupestre del Tassili (Argelia). Fue miembro de numerosas sociedades científicas y de investigación, nacionales e internacionales, siendo incontables sus aportaciones a congresos y reuniones científicas de todo el mundo.

Francisco Jordá. © José Manuel Benito Álvarez
Francisco Jordá. © José Manuel Benito Álvarez

Su actividad científica se centró básicamente en el estudio del Paleolítico Superior, el arte rupestre paleolítico y pospaleolítico, el mundo castreño y las religiones prehistóricas. El fruto de sus investigaciones está plasmado en más de dos centenares de artículos, actas de congresos y monografías, sin olvidar su importante labor divulgativa, que va desde la publicación de obras de carácter general y volúmenes enciclopédicos a guías de cuevas y monumentos.

Francisco Jordá Cerdá es un referente imprescindible en la Prehistoria y la Arqueología Española del siglo XX, iniciando en España una práctica arqueológica caracterizada por aportaciones multidisciplinares procedentes de distintas especialidades científicas y contribuyendo a la formación de muchos de los integrantes de las actuales generaciones de prehistoriadores y arqueólogos.

Fuente: 

JORDÁ PARDO, Jesús F. “Francisco Jordá Cerdá: cincuenta años de investigación arqueológica en la Península Ibérica”. En FLOR, Germán (ed.): Actas de la XI Reunión Nacional del Cuaternario: [celebrada en Oviedo, del 2 al 4 de julio de 2003]. Oviedo: Consejería de Cultura, 2003, p. 1-7. (1mb)

ÁLVAREZ ALONSO, David; FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA, José Antonio (coords.). Francisco Jordá Cerdá (1914-2004). Maestro de Prehistoriadores. Anejos de Nailos, 2 (2014): Oviedo, Museo Arqueológico de Asturias 12 y 13 de septiembre, 31 de octubre y 1 de noviembre de 2014, 305 pp.

DÍAZ GARCÍA, Fructuoso. “El prehistoriador que no se achicó: Francisco Jordá Cerdá (1914-2004)”. En ÁLVAREZ ALONSO, David (ed.): Los grupos cazadores-recolectores del Occidente Cantábrico. Estudios en Homenaje a Francisco Jordá Cerdá en el centenario de su nacimiento. 1914-2014. Entemu XVIII (2014), p. 7-34, UNED, Centro Asociado de Asturias, Gijón 2013.

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Las Herrerías

“El arte paleolítico de Las Herrerías ofrece una característica bien destacada, que es su unidad temática, con representaciones abstractas aisladas en un santuario especial, en el que se ha prescindido de todo otro tipo de representación artística, animal o antropomorfa” (Francisco Jordá y Manuel Mallo, 1972)

LA CUEVA DE LAS HERRERÍAS se ubica en el concejo de Llanes, en la localidad de La Pereda, en la base del llamado Pico Castiellu. Se trata de una cueva geológicamente compleja, con dos accesos desde el exterior, conformando uno de ellos un gran abrigo de entrada con una notable presencia en el paisaje.

Abrigo de entrada a la cueva de Herrerías. © César García de Castro y Sergio Ríos
Abrigo de entrada a la cueva de Herrerías. © César García de Castro y Sergio Ríos

Dicho abrigo da paso a una intrincada red de galerías, pequeñas y estrechas, con evidentes señales de erosión producida por presión hidrostática forzada. Si bien varias de las galerías se encuentran fosilizadas, algunos de los pasos secundarios muestran evidentes señales de reciente actividad. El laberinto de galerías, en dirección NE-SW pasa por una sala triangular bastante amplia a partir de la cual el techo va perdiendo altura, conduciendo a un paso angosto que nos lleva, manteniendo la misma dirección, a la llamada sala de las pinturas.

Plano de la cueva de Herrerías, con indicación de las zonas decoradas. © Francisco Jordá y Manuel Mallo
Plano de la cueva de Herrerías, con indicación de las zonas decoradas. © Francisco Jordá y Manuel Mallo

Se trata de una zona con forma de embudo, en cuyo techo se concentran veintitrés signos rojos, tradicionalmente conocidos con el nombre de “parrillas”: formas cerradas, geométricas, cuadrangulares y compartimentadas interiormente. Además de esta zona, muy cerca de un acceso secundario, ubicado al norte, y en una galería pequeña de incomodo acceso se documentaron otros restos de pintura en color rojo imposibles de descifrar.

Representaciones de "parrillas" de la cueva de Herrerías. © César García de Castro y Sergio Ríos
Representaciones de “parrillas” de la cueva de Herrerías. © César García de Castro y Sergio Ríos

Es descubierta en 1912 por unos padres agustinos, y es visitada en 1913 por Breuil y Alcalde del Río. Las primeras referencias al arte paleolítico de Las Herrerías son publicadas en 1914 por Breuil, Boule y Obermaier, en la revista francesa L’Anthropologie, en la sección referida a los trabajos llevados a cabo en el año 1913 por el Instituto de Paleontología Humana de París. Se trata de una escueta referencia, donde se alude a Herrerías con el nombre de “cueva de Bolao”, nombre que en realidad pertenece a otra gruta ubicada en las proximidades. Definían las representaciones de la cueva como “tectiformes” pintados en color rojo (“frise de signes tectiformes peints en rouge“), acompañando la reseña de un croquis realizado a mano alzada.

Calco de Henri Breuil del arte de las Herrerías, publicado en 1914
Calco de Henri Breuil del arte de las Herrerías, publicado en 1914

En realidad la catalogación de los signos en forma de parrilla como “tectiformes”, también aplicada a signos similares en otras cuevas, como el caso de El Buxu, no se ajusta demasiado a su morfología: “tectiforme” hace referencia a una tipología de signo bien definido, con remate en forma triangular, formado por dos líneas oblicuas a modo de techo,  perfectamente localizado en las cuevas francesas de la Dordogna (Bernifal, Les Combarelles,  Font-de-Gaume o Rouffignac).

Tectiformes de la cueva de Font-de-Gaume
Tectiformes de la cueva de Font-de-Gaume

El estudio más extenso sobre las pinturas de Herrerías es publicado en 1972 por Francisco Jordá y Manuel Mallo. En él se insiste en que los signos “en parrilla” conservados en Herrerías repiten el mismo motivo a lo largo del techo de la sala de las pinturas: formas más o menos rectangulares con trazos interiores paralelos. Más allá de las descripción de los motivos, de la concentración y repetición del signo dominante y de la ausencia total de representaciones animales, recientemente se ha señalado una ordenación gráfica según “diversa orientación y en función de ciertos accidentes geológicos“, como grietas u oquedades.

Detalle de una de las "parrillas" de la cueva de Herrerías. © Javier Fortea
Detalle de una de las “parrillas” de la cueva de Herrerías. © Javier Fortea

Los diferentes motivos están pintados en un rojo intenso, combinando puntuaciones y trazo único; lamentablemente algunos de ellos han sido agredidos en tiempos recientes por raspados y frotamientos. Para los motivos de Herrerías se pueden señalar paralelos en cuevas asturianas (Tito Bustillo), cantábricas (Aguas de Novales) y francesas (Le Cantal), siendo especialmente llamativa la semejanza del motivo de la cueva francesa con la parrilla de Herrerías señalada con el número siete en el calco de Jordá y Mallo. No obstante para estos autores la significación de estos motivos tienen una delimitación territorial definida, tratandose de un tema similar pero con versiones distintas en otros ámbitos geográficos, llegando a plantear su relación con “algún signo distintivo relativo a una colectividad humana, expresión plástica de una especie de emblema de un grupo social“.

Comparativa de los motivos de Herrerías: de izquierda a derecha, Herrerías, Tito Bustillo, Aguas de Novales y Le Cantal
Comparativa de los motivos de Herrerías: de izquierda a derecha, Herrerías, Tito Bustillo, Aguas de Novales y Le Cantal

Sin entrar a valorar estas consideraciones, sí debemos tener presente la idea desarrollada por Francisco Jordá de la existencia de “santuarios” monotemáticos, en cuya definición encajaría perfectamente el arte de Herrerías. En esta idea profundizó más tarde Javier Fortea, al referirse a la existencia de espacios singularizados, monotemáticos de signos, y de los cuales, además de Herrerías, encontraríamos ejemplos en la Lluera II (aunque con la presencia de al menos una cierva),  la Galería de Llonín y el conocido Camarín de las Vulvas o el más desconocido Conjunto VI, ambos en Tito Bustillo. Se trata por tanto de sitios que contienen representaciones figurativas y que dedican a los signos “espacios topográficamente muy singularizados o acotados” (Buxu, Llonín, Tito Bustillo), mientras que otros, (Herrerías, Mazaculos, Balmori, Sidrón, Tebellín…) solo contienen este tipo de figuraciones abstractas.

"Parrillas" representadas en la cueva de Tito Bustillo. © Miguel de Guzmán
“Parrillas” representadas en la cueva de Tito Bustillo. © Miguel de Guzmán

Respecto a la cronología de tales manifestaciones, en el caso concreto de Herrerías no se cuenta con elemento de datación alguno, si bien por comparación estilística diversos autores han llevado el arte de la cueva a los momentos finales del Paleolítico superior (Magdaleniense medio y superior). No obstante la secuencia de superposiciones en paneles complejos podría permitir postular una mayor antiguedad para estos motivos: alineaciones de barras en vertical y formas rectangulares con esquinas rectas o redondeadas y compartimentadas en su interior pueden ser adscritas a momentos premagdalenienses en cuevas como Llonín o Tito Bustillo. Sin embargo, y desprovistos de dataciones directas, resulta dificil ordenar cronológicamente estas producciones, que atañen a reducidos lotes gráficos en complejos paneles con distintas fases artísticas superpuestas.

BIBLIOGRAFÍA

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