Contorno recortado del abrigo de La Viña

“Numerosos tipos de objetos simbólicos y temas decorativos, aunque no conozcamos de ellos más que una limitada cantidad de ejemplares, concurren a reforzar la probabilidad de una relación cultural estrecha entre puntos alejados del triángulo Cantábrico, Ariège y Périgord-Charente” (Sauvet, Fortea, Fritz, Tosello, 2008)

LOS CONTORNOS RECORTADOS conforman cabezas realistas de animales, básicamente équidos y cápridos, con unos pocos ejemplos de otras especies de escaso valor porcentual. Surgen a partir del Magdaleniense medio, y en su fabricación lo habitual es utilizar un hueso hioides, de caballo o bovino, que conforma una cadena osea de cinco elementos y cartílagos localizada en la base del cráneo de la zona de la laringe. La inflexión del hioides de caballo es homotética de la cabeza de este animal.

Cadena operativa de un contorno recortado
Cadena operativa de un contorno recortado © José Luis Sanchidrián

En general estas piezas presentan una acusada simetría, y casi siempre mantienen una o más perforaciones cerca de las orejas o de los orificios nasales, con la función de sujeción o suspensión. Algunos ejemplos conservan vestigios de colorante, que pudo ser usado bien como elemento decorativo, bien como abrasivo en el proceso de fabricación.

La dispersión territorial de estas piezas, fuertemente estandarizadas, abarca desde la cuenca del Nalón, en Asturias (La Viña, Las Caldas) hasta el Perigord (Laugerie Basse) y la costa mediterranea francesa (Gazel y La Crouzade), pasando por la zona oriental de Asturias (Tito Bustillo) y Cantabria (La Garma). No obstante la mayor concentración de piezas se documenta en el sector pirenaico, atlántico y central, en cuevas como Isturitz, Mas d’Azil, Enlène, Lortet o Labastide. En general, la distribución espacial de los contornos recortados coincide con la de los rodetes, piezas que también encuentran su límite occidental europeo en el abrigo de La Viña.

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Distribución de los contornos recortados. © Soledad Corchón, Esteban Álvarez, Olivia Rivero

La pieza referenciada fue encontrada por Enrique Arnau Basteiro, y fue reconocida in situ en el estrato IV, cuadro F-14, subcuadro 2 del sector central del abrigo de La Viña, en las excavaciones dirigidas por Javier Fortea. En ese mismo estrato, en el cuadro anexo E-14, se documentaron otras dos piezas, que también se corresponden con dos contornos recortados de caballo, si bien uno de ellos está inacabado o fue desechado, y otro, tras una rotura en sus extremos y longitudinalmente, fue reutilizado para grabar una cabeza de cierva.

El estrato IV, fechado en el Magdaleniense medio, tenía un destacado teñido de ocre, uniforme en alguna de las zonas, y presentaba una extraordinaria riqueza industrial, faunística y artística. Al margen de la destacable industria osea con arte mobiliar, contenía una industria lítica muy abundante, predominando el sílex de excelente troceado, con frecuentes núcleos prismáticos de láminas y laminitas de acusada simetría y regularidad, y en general, piezas de muy buena tipología: raspadores y buriles de diversos tipos, laminitas de borde abatido o perforadores, restos que convertían este nivel en uno de los estereotipos del Magdaleniense medio cantábrico.

La Viña: contorno recortado de caballo
Contorno recortado de caballo del abrigo de La Viña. © Javier Fortea, Museo Arqueológico de Asturias

El contorno recortado al que nos referimos fue la primera pieza mobiliar de su género descubierta en todo el Paleolítico superior peninsular, si bien en Asturias ya se contabilizan otros ejemplares, en la cercana cueva de Las Caldas y en Tito Bustillo. Actualmente la pieza forma parte de la colección permanente del Museo Arqueológico de Asturias. Está realizada sobre un hueso hioides de caballo, y presenta un longitud máxima de 52 mm, 19 mm de anchura en la mitad de la pieza y 4 mm de grosor en el centro. En ambas caras del contorno se marca la boca y el ojo, de forma almendrada, y se graban una serie de lineas que representan el pelaje bajo la boca y hacia la quijada. Conserva una perforación en el orificio nasal, y a la altura del ojo y bajo la oreja se insinúa otra perforación, en una zona en que la pieza está fragmentada e incompleta. La presencia de perforaciones indicarían su uso, bien como objeto suspendido, bien como objeto fijado o cosido a modo aplique.

La Viña: contorno recortado de caballo (dibujo)
Dibujo del contorno recortado de caballo del abrigo de La Viña. © Armando Graña

El contorno recortado de caballo de La Viña es una pieza excelente. Según Javier Fortea, “salvando la subjetividad de todo juicio estético, no es fácil encontrar en Isturitz o Mas d’Azil perfiles recortados que evidencien un similar sentido de la línea, de la forma y de la indicación de volumen”.

La distribución de estas piezas estandarizadas desde el Nalón hasta el mediterráneo francés pone de relieve la importancia de los contactos a larga distancia durante el Magdaleniense medio. Y si bien el Pirineo es la zona donde mayor número de piezas se documentan, sería un error pensar que el territorio asturiano fue un mero receptor pasivo de elementos llegados a través del cantábrico, por cuanto las piezas de la Viña se fabricaban y se reutilizaban in situ. Las técnicas y formas de fabricación, los temas, el uso y el sentido de estas piezas se transmiten a lo largo del Magdaleniense medio como resultado de la circulación de los cazadores recolectores-paleolíticos por vastos territorios. Junto con otros elementos del repertorio artístico mobiliar y parietal, refuerzan la existencia en este periodo de una relación cultural estrecha entre el Cantábrico y el Pirineo, alcanzando el más alejado Perigord.

FUENTES

FORTEA PÉREZ, Francisco Javier. “Investigaciones en la cuenca media del Nalón (Asturias, España). Noticia y primeros resultados”. Zephyrus XXXII-XXXIII, 1981, p. 5-16.

FORTEA PÉREZ, Francisco Javier. “Perfiles recortados del Nalón medio”. En Homenaje al profesor Martín Almagro Basch, vol I, Ministerio de Cultura, 1983, p. 343-353.

FORTEA PÉREZ, Francisco Javier. “Abrigo de La Viña. Informe de las campañas 1980-1986. Excavaciones arqueológicas en Asturias 1980-1986, 1, p. 55-68.

SANCHIDRIÁN TORTI, José Luis. Manual de arte prehistórico. Ariel, Barcelona, 2001.

SAUVET, Georges; FORTEA PÉREZ, Francisco Javier; Fritz, Carole; TOSELLO, Gilles. “Crónica de los intercambios entre los grupos humanos paleolíticos. La contribución del arte para el periodo 20000-12000 años BP”. Zephyrus LXI, enero-junio 2008, p. 33-59.

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Guía del Arte Rupestre Paleolítico en Asturias

“El matiz ligeramente emotivo que subyace en algunos textos es consciente, porque el objeto de estudio lo es y porque creo que es una buena estrategia para conseguir que el visitante profano entienda el arte paleolítico como lo que es: emoción y pensamiento” (María González-Pumariega, 2008)

Guia del Arte Rupestre Paleolítico de Asturias: portadaPUBLICADO EN 2008, el libro se concibe como una guía y va dirigido fundamentalmente al visitante no especialista que quiere tener una información un poco más completa que aquella que se puede ofrecer en el transcurso de una visita guiada.

No obstante conforma un catálogo completo de las cuevas con arte paleolítico de Asturias, dedicando una importante extensión del texto a aquellas abiertas al público (El Pindal, Tito Bustillo, El Buxu, La Peña de Candamo, La Loja, La Lluera), o a aquellas que por su importancia merecen una descripción más pormenorizada (Llonín).

Su autora es María González-Pumariega Solís, y el libro está publicado por Ménsula Ediciones, editorial asturiana especializada en la difusión de obras dedicadas al patrimonio cultural asturiano. El prólogo va firmado por el catedrático de la Universidad de Oviedo Francisco Javier Fortea (1946-2009), y en él hace hincapié en las obligaciones y responsabilidades al respecto de la conservación del arte paleolítico.

La guía se estructura en ocho apartados que incluyen una introducción que sensibiliza al lector al respecto de la excepcionalidad que supone poder visitar una cueva con arte; además de esto, se apoya en cuatro citas convenientemente escogidas, de caracter legislativo una (del preambulo de la Ley 16/1985 de Patrimonio Histórico Español), y de reflexivo contenido, en relación con la intención y el significado del arte rupestre, las otras tres, firmadas por Panofsky y Leroi-Gourhan.

El catalogo descriptivo de las cuevas y abrigos se abre con unas necesarias aclaraciones sobre el medio y el ambiente de la época en la región asturiana, algo esencial para comprender la distribución geográfica y espacial de estos yacimientos. La relación de cuevas y abrigos se organiza de acuerdo a tal distribución, en torno a las principales cuencas fluviales de la región: el Cares-Deva, la cuenca litoral oriental entre Ribadedeva y Llanes, la cuenca del Sella y la cuenca del Nalón.

Un apartado más está dedicado a la cronología, explicando de manera accesible el metodo del carbono 14 e incluyendo dos atractivos cuadros, uno de caracter general y otro específico para el arte rupestre, con referencias cronológicas, de culturas y estilos que sirven para aclarar la cuestión a los lectores no especialistas.

Se dedica un capítulo a los equipamientos relacionados con el arte rupestre de la región, desde las pequeñas aulas didácticas asociadas a algunos de estos yacimientos al Parque de la Prehistoria de Teverga, pasando por el Centro de Interpretación de la Peña de Candamo.

Finalmente, se incluye una bibliografia actualizada seleccionada y un anexo con los mapas de distribución geográfica de los yacimientos mencionados en el texto.

El libro tiene un excelente diseño y abundante documentación gráfica, con muy buenas fotografías que ilustran la riqueza patrimonial del arte paleolítico en Asturias, contando con material procedente del fondo de la Consejería de Cultura del Principado de Asturias, algunos de cuyos autores son Juanjo Arrojo, Rodrigo de Balbín, Alejandro Fernández, Jaime Santullano, Equipo Norte, Javier Fortea, Sergio Ríos y la propia autora.

María González-Pumariega (Oviedo, 1964) es licenciada en Historia e Historia del Arte por la Universidad de Oviedo. Con formación arqueológica desde sus tiempos universitarios (formó parte de los equipos de excavación de La Viña y de Llonín), en la actualidad es personal de la Consejería de Cultura del Principado de Asturias, como guía del Patrimonio Cultural, responsable de la cueva de El Pindal (Ribadedeva). Precisamente la documentación y puesta al día del arte de esta cueva formó parte de su Tesina, trabajo que también fue editado por Ménsula Ediciones en el año 2011. En la actualidad forma parte del equipo de investigadores que dirige el profesor Marco de la Rasilla, dedicándose a la documentación del arte paleolítico del abrigo de La Viña. Sus trabajos no solo demuestran un muy buen conocimiento del arte paleolítico, sinó que sus publicaciones e intervenciones públicas demuestran, en palabras de Javier Fortea “un sincero compromiso con su conservación, manifestándose con valiente voz”

GONZÁLEZ-PUMARIEGA SOLÍS, María. Guía del Arte Rupestre Paleolítico de Asturias. Prólogo de F. Javier Fortea Pérez . Ménsula Ediciones, colección Ménsula Patrimonio, nº1, Oviedo 2008. 126 p. il, col y n. 24 x 17 cm. P.V.P. 18 €

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Arte Paleolítico de Asturias: ocho santuarios subterráneos

“Arte Paleolítico en Asturias es ante todo un catálogo de pintura, el exclusivo y único catálogo de pintura, excepcional porque en él se hace real una exposición imposible: la del arte rupestre paleolítico asturiano” (Manuel Menéndez, 2007)

Arte Paleolítico en Asturias: ocho santuarios subterráneos
Arte Paleolítico en Asturias: ocho santuarios subterráneos

PUBLICADO EN 2007, un año antes de la inclusión de cinco cuevas con arte rupestre paleolítico asturianas en la ampliación de la declaración de Altamira como Patrimonio Mundial de la Humanidad, el libro hace un excelente recorrido gráfico por ocho de las principales cuevas asturianas: La Peña de Candamo, el abrigo de La Lluera, Les Pedroses, Tito Bustillo, La Covaciella, Llonín, La Loja y la cueva de El Pindal.

Sus autores son Pedro Alberto Saura Ramos y Matilde Múzquiz Pérez-Seoane, con la colaboración de Begoña Millán Hurtado y prólogo del prehistoriador Rodrigo de Balbín Behrmann. La génesis del trabajo publicado se encuentra en la labor de documentación llevada a cabo para hacer los facsímiles que forman parte de la exposición permanente del Parque de la Prehistoria de Teverga.

Pedro Saura Ramos (Murcia, 1948) es Catedrático de Fotografía de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. Docente, artista y fotógrafo, está especializado en dibujo arqueológico y es considerado uno de los mejores fotógrafos de arte rupestre en la actualidad. También destaca su labor documental relacionada con los pueblos de Papúa-Nueva Guinea, trabajo que se expuso en la muestra “Uantoks”, que permaneció abierta al público hasta el pasado mes de abril en el Museo de la Evolución Humana (Burgos).

La Dra. Matilde Muzquiz (Madrid, 1950-2010), ha sido también profesora en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. Su tesis doctoral versó sobre el arte paleolítico, desde el punto de vista técnico y desde el análisis del proceso artístico, aplicado al caso concreto de la cueva de Altamira, incorporando nuevas perspectivas de estudio para el arte rupestre paleolítico. Compatibilizó la docencia con los trabajos de reproducción de arte rupestre y con la pintura como actividad artística, en la que cultivo el expresionismo abstracto y el retrato.

Los firmantes del libro son autores de numerosos facsímiles de arte rupestre paleolítico: réplicas de Altamira el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira, en el parque cultural “Parque España” en Osaka (Japón) y en el Parque de la Prehistoria de Teverga; réplicas de las cuevas cántabras de Las Monedas, Chufín, Fuente Salín y El Pendo en el Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira; y Covalanas, junto con las asturianas de La Peña de Candamo, Llonín, Covaciella y Tito Bustillo en el Parque de la Prehistoria de Teverga. También participaron en la instalación para la exposición “La Garma, un descenso al pasado”.

El libro cuenta con excelentes fotografías, todas ellas inéditas hasta entonces, de algunas de las más importantes cuevas de Asturias. Además de la labor documental fotográfica, se ayuda a la interpretación de las figuras, mediante resaltar los trazos sobre la fotografía, ayuda especialmente necesaria en el caso de representaciones grabadas.

También son destacables sus descripciones y algunas de sus reflexiones y análisis, especialmente las expuestas en un apartado dedicado al planteamiento de similitudes entre el Panel Principal de Tito Bustillo y el techo de la cueva de Altamira, con interesantes observaciones sobre las posibilidades de aplicación del color y acertadas valoraciones, como la que les lleva a concluir que entre ambos conjuntos hay analogías en los planteamientos y procedimientos plásticos entre los autores de ambas salas. Van sumando figuras con la intención de crear un conjunto y lo hacen durante un tiempo continuado, con una unidad de tratamiento. El procedimiento para la ejecución es el mismo en las figuras, pero cada una de ellas manifiesta una actitud.

SAURA RAMOS, Pedro A.; MÚZQUIZ PÉREZ-SEOANE, Matilde. Arte Paleolítico de Asturias: ocho santuarios subterráneos. Prólogo de Rodrigo de Balbín Behrmann. Fotografías de Pedro A. Saura Ramos y Begoña Millán Hurtado. Cajastur, Oviedo 2007. 260 p. il, col. 30 x 25 cm. P.V.P. 40 €

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Colgante magdaleniense sobre diente de cachalote procedente de la cueva de Las Caldas

“La uniformidad técnica del arte mobiliar del Magdaleniense medio cántabro-pirenaico refleja un sistema de transmisión de los códigos reglado, a través del cual se perpetúan los esquemas formales y técnicos que se distribuyen por las regiones del sudoeste de Europa” (Olivia Rivero, 2011)

LA PIEZA, REFERENCIADA COMO COLGANTE CL724, procede de la llamada Sala II de la cueva de Las Caldas (Oviedo), yacimiento que ha proporcionado una de las colecciones más importantes de objetos de adorno y colgantes de todo el Magdaleniense cantábrico. En la actualidad forma parte de la exposición permanente del Museo Arqueológico de Asturias.

Anverso y reverso del colgante sobre diente de cachalote de la cueva procedente de la cueva de Las Caldas. © Soledad Corchón, Museo Arqueológico de Asturias
Anverso y reverso del colgante sobre diente de cachalote procedente de la cueva de Las Caldas. © Soledad Corchón, Museo Arqueológico de Asturias

Aparece dentro de los niveles correspondientes a las fases más antiguas del Magdaleniense medio, concretamente en el nivel VIII, con dataciones de 14654 ± 393 CALBC (AMS) Y 14270 ± 475 CALBC (convencional). El repertorio mobiliar procedente de los niveles del Magdaleniense medio de Las Caldas constituye un conjunto muy homogéneo, muy bien conservado y muy coherente desde el punto de vista cronológico y cultural. Se dispone sobre una gran diversidad de soportes, siendo los dientes los más utilizados, apareciendo ejemplos procedentes de mamíferos marinos como foca, calderón o, en el caso que nos ocupa, cachalote.

Calco y dibujo comparativo de la representación del bisonte en el anverso del colgante. © Soledad Corchón, Diego Álvarez Lao
Calco y dibujo comparativo de la representación del bisonte en el anverso del colgante. © Soledad Corchón, Diego Álvarez Lao

El colgante muestra en la cara superior el grabado parcialmente modelado de un bisonte en el que se plasman los convencionalismos propios del Magdaleniense medio del Cantábrico y Pirineos, tanto en el arte parietal como mobiliar. Técnicamente el bisonte se caracteriza por la combinación de grabado profundo de contorno con el relieve diferencial (línea cérvico-dorsal, perfil fronto-nasal y pecho), despieces volumétricos realistas y tratamiento detallado de la cabeza; pelo largo del tren anterior mediante pequeñas rayas en paralelo, pelo tupido colgando bajo el pecho y la quijada y antebrazo corto ensanchándose considerablemente a partir de la rodilla. Las patas muestran un detalle simplificado, sin pezuñas y esbozando la pata interna mediante líneas curvas. Bajo el vientre se grabaron ocho signos angulares. En el detalle del ojo del bisonte se aprecian suaves raspados superpuestos al grabado, que afectan a la línea inferior, resultando difícil determinar si responden a una necesidad técnica o a otras causas simbólicas o estilísticas, como la representación de un ojo cerrado. El motivo aparece fracturado a la altura de la frente y del cuerno.

Detalle al microscopio del ojo del bisonte representado. © Olivia Rivero
Detalle al microscopio del ojo del bisonte representado. © Olivia Rivero

Al dorso, y con la misma técnica de relieve, se ha representado un cetáceo, con detalle de la boca, aleta pectoral y cola, aunque con la rotura del colgante se ha perdido el remate de la misma. Bajo el vientre se trazan cinco ángulos dobles embutidos y uno simple, realizados con posterioridad a la figura del animal. La identificación de la especie es complicada, sobre todo si se tienen en cuenta posibles variantes como las limitaciones técnicas, el espacio disponible en el soporte y la imagen mental proyectada por el autor sobre un animal marino poco frecuente. En general la parte anterior recuerda a una beluga, por su cabeza redondeada y pequeña, morro muy corto, ausencia de aleta dorsal y aleta pectoral pequeña y redondeada. Sin embargo la parte posterior se relaciona más con un cachalote, por sus estrías longitudinales y la protuberancia de la zona dorsal que se extiende desde la giba hasta la cola. La aleta caudal, que ayudaría en la identificación del cetáceo, ha desaparecido por la rotura del soporte.

Calco y dibujos comparativos del centaceo representado en el reverso del colgante sobre diente de cachalote. © Soledad Corchón
Calco y dibujos comparativos del centaceo representado en el reverso del colgante sobre diente de cachalote. © Soledad Corchón

El colgante tiene unos 70 mm de longitud por 32 mm de ancho y 10,8 mm de espesor. El marfil presenta numerosas inclusiones de osteo-dentina que taladran la cara interna, características de los grandes cetáceos. El soporte fue cuidadosamente recortado y posteriormente pulido de manera intensa; una vez realizados los motivos decorativos fue perforado mediante la preparación de uno de los lados con una incisión profunda, cortada por rotación posterior realizada con un perforador. El resultado es un orificio centrado de tipo bicónico y forma oval, que corta el perfil del cetáceo y que revela astillamientos de uso y un intenso pulimento que afecta a todo el contorno y fondo del mismo, sugiriendo que el colgante estaba fijado a un cordón de dimensiones similares a los del contorno. La fractura que presenta el colgante es posterior a la ejecución de la decoración, y presenta en superficie arañazos superficiales que se relacionan con el uso y la vida útil de la pieza. La homogeneidad decorativa sugeriría una misma mano ejecutante, con secuencias gestuales que se detectan en otras piezas del Magdaleniense cantábrico y pirenaico.

Detalle al microscopio de inclusiones de osteodentina en la cara interna del diente de cachalote. © Soledad Corchón
Detalle al microscopio de inclusiones de osteodentina en la cara interna de un diente de cachalote, procedente de la colección Poplin. © Soledad Corchón

Existen escasos paralelos de la utilización de elementos óseos procedentes de cetáceos, y en general mamíferos marinos, en el Paleolítico superior europeo. La utilización de un diente de cachalote como soporte decorativo encuentra su paralelo más cercano en Mas d’Azil (Ariege, Pirineos), donde se documentó una pieza con dos cabras contrapuestas en disposición pericilíndrica. Respecto al motivo del cetáceo, son escasas las representaciones en el arte mobiliar, con ejemplos en Arancou o La Vache y un único ejemplo en el dispositivo parietal, dentro del llamado conjunto VII de la cueva de Tito Bustillo.

A la izquierda, colgante de Mas d'Azil sobre diente de cachalote; a la derecha, colgante de Arancou, con representación de cetáceo. © Loïc Hamon; Carole Fritz
A la izquierda, colgante de Mas d’Azil sobre diente de cachalote; a la derecha, colgante de Arancou, con representación de cetáceo. © Loïc Hamon; Carole Fritz

Este objeto decorativo sería testimonio de desplazamientos a la costa desde el interior para la captación de recursos y materias primas. La presencia en el yacimiento de una placa de esqueleto calcáreo de un ectoparásito de gran cetáceo, que no es posible desprender sin cortar la carne a la que se adhiere, sugiere el transporte de carne de ballena al yacimiento, y el aprovechamiento y explotación de ejemplares de grandes mamíferos marinos varados en las playas.

Representación de gran cetáceo en el llamado conjunto VII de Tito Bustillo; calco sobre fotografía. © Miguel de Guzmán; calco de Alfonso Moure.
Representación de gran cetáceo en el llamado conjunto VII de Tito Bustillo; calco sobre fotografía. © Miguel de Guzmán; calco de Alfonso Moure.

El colgante de Las Caldas ejemplifica la especialización y desarrollo tecnológico en la industria ósea y el arte mobiliar a lo largo del Magdaleniense medio cantábrico, con nuevos tipos decorativos sobre múltiples soportes, y enorme variedad del bestiario representado. La repetición decorativa de signos (angulares, arcos embutidos, zig-zag y trazos pareados) análogos a los pirenaicos y el mantenimiento de los mismos esquemas formales y técnicos en el repertorio mobiliar serían reflejo de la transmisión de un código reglado a través de ejes de circulación bidireccionales que llegan a los Pirineos y el sudoeste francés.

Fuentes:

CORCHÓN RODRÍGUEZ, Mª Soledad. “La cueva de Las Caldas (Priorio, Oviedo). II investigaciones efectuadas entre 1987 y 1990”. En Excavaciones Arqueológicas en Asturias n. 2, 1987-1990, p.33-47.

CORCHÓN RODRÍGUEZ, Mª Soledad; ÁLVAREZ-FERNÁNDEZ, Esteban. “Nuevas evidencias de restos de mamíferos marinos en el Magdaleniense: los datos de La Cueva de Las Caldas (Asturias, España)”. En Munibe (Antropología-Arqueología), nº 59, 2008, p. 47-66.

RIVERO, Olivia. “Una nueva mirada al arte mobiliar del Magdaleniense medio de la región Cantábrica y los Pirineos: La contribución del análisis de las cadenas operativas”. En CLOTTES, J. (dir): Arte Pleistoceno en el mundo (Actes du Congrès IFRAO, Tarascon-sur-Ariege, septiembre 2010 – Symposium “Art mobiliar pléistocéne”). Préhistoire, Art et Sociétes, LXV-LXVI, 2010-2011, CD 1411-14236.

RIVERO, Olivia. “La noción de aprendizaje en el arte mobiliar del Magdaleniense Medio cántabro-pirenaico: la contribución del análisis microscópico”. En Trabajos de Prehistoria, 68, nº 2, julio-diciembre 2011, p. 275-295.

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Les Pedroses

“Su gran interés reside en la extraordinaria información que, tanto artística, como religiosa, ofrece el conjunto rupestre situado en su galería NE, a pesar de sus reducidas dimensiones y de las escasas figuras de animales en ella representadas, pero con significativos cambios de técnicas  y estilos; y también por las superposiciones y correcciones posteriores” (Francisco Jordá, 1991).

Entrada de la cueva de Les Pedroses. © López de Arenosa, La Nueva España
Entrada de la cueva de Les Pedroses. © López de Arenosa, La Nueva España

LA CUEVA DE LES PEDROSES se ubica en las cercanías de El Carmen (Ribadesella), formando parte del importante conjunto de cuevas paleolíticas documentado en el concejo de Ribadesella. En sus proximidades, en las cercanías de Fresnu, se localizan las cuevas de El Cierro y el abrigo del Requexau; algo más alejadas, Cova Rosa y las cuevas del macizo de Ardines (Tito Bustillo, La Lloseta, La Cuevona y Viesca). Está situada en un farallón calizo muy carstificado, donde se abre una boca de acceso bastante amplia, que conduce a una galería de unos 70 m, bajo la cual transita, intermitente, un curso de agua subterráneo.

Fue descubierta por Francisco Jordá Cerdá en 1956, una vez terminada la campaña de excavaciones arqueológicas que el entonces Jefe del Servicio de Investigaciones Arqueológicas de la Diputación Provincial de Oviedo llevaba a cabo en la cercana cueva de La Lloseta. El descubrimiento y la identificación de su arte rupestre se hizo en compañía de Antonio Álvarez Alonso, capataz del citado Servicio, y de José Ruisánchez Rodrigo, vecino de la localidad de El Carmen, que  fue quien señaló la existencia de la cueva. Para 1956, Les Pedroses se constituía en la segunda cueva con arte rupestre conocida en el concejo de Ribadesella, después de la vecina cueva de San Antonio, cuya única figura parietal, un caballo pintado en color negro, fue identificado por Hermilio Alcalde del Río en el año 1912.

Calco de Francisco Jordá del panel de la cueva de Les Pedroses
Calco de Francisco Jordá del panel de la cueva de Les Pedroses

A pesar de los trabajos de documentación realizados por Francisco Jordá en la cueva de Les Pedroses, en colaboración con su ayudante Manuel Mallo y del topógrafo Celestino Cuervo,  y a pesar de los intentos y esfuerzos del profesor Jordá, la publicación monográfica de su arte parietal nunca verá la luz, aunque serán constantes las alusiones del arqueólogo alcoyano a Les Pedroses tanto en congresos científicos como en obras generales de divulgación. Toda la información y los textos elaborados acaban de ser recopilados y publicados por Jesús F. Jordá Pardo, y si bien recientes trabajos de investigación y divulgación refereridos al arte paleolítico asturiano en general, y de las cuevas de Ribadesella en particular, han permitido documentar nuevas evidencias gráficas, la publicación de estos manuscritos inéditos son una interesante aportación a la historia de las investigaciones prehistóricas en Asturias.

Planta de la cueva de Les Pedroses. © Celestino Cuervo, Francisco Jordá
Planta de la cueva de Les Pedroses. © Celestino Cuervo, Francisco Jordá

Al margen del arte rupestre de la cueva, son muy escuetas las referencias a los restos arqueológicos del yacimiento, aunque se constata la presencia de un conchero de cronología asturiense o posterior. No obstante en 1959 Hernández-Pacheco cita la presencia de materiales paleolíticos que se podrían atribuir al Solutrense superior o Magdaleniense inferior, publicándose un fragmento de azagaya que se asigna, con pequeños matices, a esa misma cronología. También de interés es el hallazgo de restos cerámicos recogidos en el interior de la cueva, y que pertenecen a una misma vasija de base plana, conservada en el Museo Arqueológico de Asturias, de factura manual, de pasta y textura poco compacta y de cocción desigual, con decoración escasa compuesta por incisiones y digitaciones. Su cronología es dudosa, pudiendo abarcar desde fases neolíticas hasta la Edad de Bronce.

Vista general del panel decorado de la cueva de Les Pedroses. © Equipo Norte, Ministerio de Cultura
Vista general del panel decorado de la cueva de Les Pedroses. © Equipo Norte, Ministerio de Cultura

El arte rupestre de la cavidad se concentra en un pequeño panel de unos 3 x 1,50 m, situado a unos 60 m de la entrada de la cueva, y en el que Jordá señala tres fases de realización artística. La primera de ellas abarca seis figuras grabadas, identificadas como un uro y cuatro cérvidos, a los que se uniría un caballo del que tan solo se reconoce la grupa, realizadas mediante la técnica de grabado múltiple y rellenos estriados. Las figuras aparecen incompletas, algunas de ellas del tipo descrito como “contornos inacabados”, y en todo caso acéfalas, circunstancia que caracteriza a las representaciones figurativas de esta cueva.

Representación acéfala de la cueva de Les Pedroses. © Javier Fortea, Principado de Asturias, Consejería de Cultura
Representación acéfala de la cueva de Les Pedroses. © Javier Fortea, Principado de Asturias, Consejería de Cultura

La segunda fase de realización artística, superpuesta a la anterior, se compone de tres representaciones acéfalas, en este caso descritas por Jordá como un uro y dos cérvidos, y donde de nuevo está presente la técnica de grabado múltiple, aunque en combinación con el color, ya que las tres representaciones se rellenan en tinta plana roja, que en la actualidad presenta una desigual intensidad.

Figura acéfala de la cueva de Les Pedroses. © Equipo Norte, Ministerio de Cultura
Figura acéfala de la cueva de Les Pedroses. © Equipo Norte, Ministerio de Cultura

En la tercera fase, se produce una modificación en la figura de toro acéfalo grabada en la primera fase, a la que se le añaden dos cabezas de uro, de distinto tamaño y grabadas con trazo simple pero intenso. También se representa un grabado descrito por Jordá como “figura ideomorfa”, realizado con la misma técnica que las dos cabezas aludidas, y compuesta por un doble ángulo de lados curvos que se entrecortan entre sí, y que si bien podría tratarse de una esquematización animal, no descarta pudieran ser representaciones de tipo “vulviforme”.

Restos de pintura roja localizados en Les Pedroses, interpretados como un posible antropomorfo © Rodrigo de Balbín, Consejería de Cultura.
Restos de pintura roja localizados en Les Pedroses, interpretados como un posible antropomorfo © Rodrigo de Balbín, Consejería de Cultura.

Además de las representaciones descritas por Jordá, trabajos recientes de documentación artística de las cuevas de Ribadesella llevados a cabo por un equipo dirigido por Rodrigo de Balbín, identificaron en Les Pedroses otros restos pictóricos en color rojo, dispuestos en hornacinas y pequeñas galerías que descienden hacia el nivel inferior. También en Tito Bustillo, en el Panel Principal, se identificó una representación muy similar a las figuras acéfalas de Les Pedroses, en tinta plana roja.

representación acéfala, similar a las documentadas en la cueva de Les Pedroses, localizada en el Panel Principal de Tito Bustillo. © Miguel de Guzmán, Principado de Asturias, Consejería de Cultura
representación acéfala, similar a las documentadas en la cueva de Les Pedroses, localizada en el Panel Principal de Tito Bustillo. © Miguel de Guzmán, Principado de Asturias, Consejería de Cultura

La interpretación de Francisco Jordá en relación con las representaciones acéfalas de Les Pedroses fue siempre orientada a cuestiones de ordenación religiosa, considerando que eran «el exponente de una de las varias formas de religiosidad zoolátrica del Paleolítico superior en la región cantábrica, en la que determinados animales, que deben ser considerados como dominantes, aparecen representando un papel propio de una historia mítica e integrados en una ordenación ritual».

Fuentes

JORDÁ CERDÁ, Francisco; MALLO VIESCA, Manuel. “La cueva de Les Pedroses (El Carmen, Ribadesella, Asturias)” en Nailos. Estudios Interdisciplinares de Arqueología, n. 1, 2014, p. 131-162.

JORDÁ PARDO, Jesús Francisco. “La cueva de Les Pedroses (El Carmen, Ribadesella, Asturias). Recuperación de unos manuscritos inéditos” en Nailos. Estudios Interdisciplinares de Arqueología, n. 1, 2014, p. 121-130.

BIBLIOGRAFÍA

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Francisco Jordá Cerdá (1914-2004)

“En momentos en los que la acreditación de la calidad y de la excelencia se han convertido en lugares comunes para nuestras universidades, cabe recordar a aquellos pocos, muy pocos, investigadores españoles que como el profesor Jordá alcanzaron un reconocimiento y prestigio internacionales” (J. Emili Aura Tortosa, 2004)

Francisco Jordá. © Jesús F. Jordá Pardo
Francisco Jordá. © Jesús F. Jordá Pardo

NACIDO EN 1914, y fallecido en 2004, el año 2014 marca un siglo desde su nacimiento y una década desde su pérdida, por lo que parece oportuno recordar a Francisco Jordá, Don Paco, para amigos y discípulos, destacando sus estrechos vínculos con Asturias y sus aportaciones al estudio e investigación de su arte rupestre, incluso desde la lejanía de su cátedra en Salamanca.

Natural de Alcoy, se licencia en la Facultad de Filosofía y Letras de Valencia, en la sección de Historia, en el año 1936, obteniendo un puesto de profesor en el Instituto Nacional de 2ª Enseñanza de su localidad natal. Tras el estallido de la Guerra Civil española, se alista como voluntario en las Milicias de Alcoy, siendo destinado como observador cartográfico al frente de Teruel, donde es hecho prisionero. Tras pasar por varios campos de concentración, es sometido a consejo de guerra por “auxilio a la rebelión”, siendo condenado a reclusión perpetua, ingresando en 1939 en la Prisión Central de Burgos.

En 1943, cumplidos cuatro años de cárcel, es puesto en libertad, incorporándose a la vida civil con grandes dificultades, dado su pasado republicano. En Valencia, donde ejerció de profesor en diversas academias, empieza su relación con el Servicio de Investigaciones Prehistóricas de la Diputación Provincial, iniciando su dilatada actividad arqueológica como colaborador de Luis Pericot e Isidro Ballester. En 1950 es nombrado director del Museo Arqueológico de Cartagena y Comisario Provincial de Excavaciones Arqueológicas de Murcia. Durante esos años dirige trabajos arqueológicos en numerosos yacimientos de la zona levantina peninsular: Mallaetes, Cocina, Cova Negra y La Ereta del Pedregal (Valencia); Torre del Mal Paso y La Balaguera (Castellón); y la Bastida de Totana (Murcia). En 1951 descubre las pinturas rupestres levantinas del Barranco de las Letras y del Cinto de la Ventana en la Sierra de Dos Aguas (Valencia).

En el año 1952 accede por oposición al puesto de Jefe del Servicio de Investigaciones Arqueológicas de la Diputación de Oviedo, y en 1953 es nombrado director del Museo Arqueológico Provincial. En 1954 obtiene el grado de Doctor en Filosofía y Letras, defendiendo su tesis sobre El Solutrense en España y sus problemas, e ingresa en la Universidad de Oviedo, primero como ayudante de clases prácticas, y más tarde como profesor adjunto por oposición, llegando a ocupar el puesto de profesor encargado de la Cátedra vacante de Historia General del Arte e Historia General de España.

Francisco Jordá, en la Biblioteca del Museo Arqueológico de Asturias © Museo Arqueológico de Asturias
Francisco Jordá, en la Biblioteca del Museo Arqueológico de Asturias © Museo Arqueológico de Asturias

Ni sus responsabilidades administrativas, ni sus tareas académicas, ni las insidias y denuncias contra su persona por su pasado político, impidieron que en Asturias iniciase una ferviente e intensa actividad arqueológica, en yacimientos repartidos por toda la geografía asturiana y pertenecientes a muy distintas etapas de la historia de Asturias: Bricia, Pindal, Cueto la Mina, Peña de Candamo, La Lloseta, Cova Rosa o El Cierro, entre las cuevas prehistóricas, descubriendo además las pinturas paleolíticas de la cueva de Les Pedroses, en Ribadesella; los túmulos de Campiello y Baradal; los castros de Arancedo, Coaña, Mohías, San Chuis y Pico Castiello; y las villas romanas de Murias de Beloño o Paraxuga. Y no debe obviarse su intervención en la investigación de la cueva del Cuetu Lledías, en Posada de Llanes, clave en la confirmación de la falsedad, tanto de su yacimiento arqueológico como de sus pinturas rupestres. En estos años participará además en la excavación de la ciudad romana de Lancia (León), y en trabajos arqueológicos en el antiguo Sahara español.

Calco de Francisco Jordá del panel de la cueva de Les Pedroses
Calco de Francisco Jordá del panel de la cueva de Les Pedroses

En 1962 obtiene por oposición la Cátedra de Arqueología, Epigrafía y Numismática de la Universidad de Salamanca. Ocupará la dirección del Seminario de Arqueología y del Departamento de Prehistoria, y del Comité Editorial de la revista Zephyrus. Desde Salamanca, su actividad arqueológica se multiplica por todo el territorio peninsular, destacando sus trabajos en los yacimientos prehistóricos de Ojo Guareña y Atapuerca, La Pileta, Nerja, Mallaetes o Maltravieso; también sus publicaciones sobre el arte paleolítico de Herrerías (Llanes) y Tito Bustillo y La Lloseta, una de las primeras de carácter científico dedicadas al arte rupestre de las cuevas riosellanas.

Francisco Jordá y su equipo a la entrada de la cueva de Nerja. © Julián Bécares
Francisco Jordá y su equipo a la entrada de la cueva de Nerja. © Julián Bécares

Además de su actividad académica e investigadora, participa en varias comisiones científicas, como la Comisión Nacional para la conservación del Arte Rupestre, la Comisión Científica del Patronato de la Cueva de Nerja o la Comisión Internacional para la salvaguarda del arte rupestre del Tassili (Argelia). Fue miembro de numerosas sociedades científicas y de investigación, nacionales e internacionales, siendo incontables sus aportaciones a congresos y reuniones científicas de todo el mundo.

Francisco Jordá. © José Manuel Benito Álvarez
Francisco Jordá. © José Manuel Benito Álvarez

Su actividad científica se centró básicamente en el estudio del Paleolítico Superior, el arte rupestre paleolítico y pospaleolítico, el mundo castreño y las religiones prehistóricas. El fruto de sus investigaciones está plasmado en más de dos centenares de artículos, actas de congresos y monografías, sin olvidar su importante labor divulgativa, que va desde la publicación de obras de carácter general y volúmenes enciclopédicos a guías de cuevas y monumentos.

Francisco Jordá Cerdá es un referente imprescindible en la Prehistoria y la Arqueología Española del siglo XX, iniciando en España una práctica arqueológica caracterizada por aportaciones multidisciplinares procedentes de distintas especialidades científicas y contribuyendo a la formación de muchos de los integrantes de las actuales generaciones de prehistoriadores y arqueólogos.

Fuente: 

JORDÁ PARDO, Jesús F. “Francisco Jordá Cerdá: cincuenta años de investigación arqueológica en la Península Ibérica”. En FLOR, Germán (ed.): Actas de la XI Reunión Nacional del Cuaternario: [celebrada en Oviedo, del 2 al 4 de julio de 2003]. Oviedo: Consejería de Cultura, 2003, p. 1-7. (1mb)

ÁLVAREZ ALONSO, David; FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA, José Antonio (coords.). Francisco Jordá Cerdá (1914-2004). Maestro de Prehistoriadores. Anejos de Nailos, 2 (2014): Oviedo, Museo Arqueológico de Asturias 12 y 13 de septiembre, 31 de octubre y 1 de noviembre de 2014, 305 pp.

DÍAZ GARCÍA, Fructuoso. “El prehistoriador que no se achicó: Francisco Jordá Cerdá (1914-2004)”. En ÁLVAREZ ALONSO, David (ed.): Los grupos cazadores-recolectores del Occidente Cantábrico. Estudios en Homenaje a Francisco Jordá Cerdá en el centenario de su nacimiento. 1914-2014. Entemu XVIII (2014), p. 7-34, UNED, Centro Asociado de Asturias, Gijón 2013.

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El convencionalismo de la cabra en perspectiva frontal

“La cabra atenta es un elemento muy característico del Magdaleniense cantábrico, porque suma un efectivo nutrido en un repertorio gráfico muy concreto y porque se singulariza de los tratamientos gráficos en el resto del bestiario gráfico” (Ignacio de Barandiarán, 2013)

EN LOS NIVELES ARQUEOLÓGICOS atribuidos al Magdaleniense superior cantábrico han aparecido numerosos objetos mobiliares decorados con un dibujo esquemático, estilizado y convencional, que representa un caprino en visión frontal.

Las primeras referencias a figuras animales en visión frontal se remontan a un centenar de años atrás, siendo el abate Henri Breuil el primer investigador en dar cuenta de este tipo de grabados mobiliares representando caballos, caprinos, cérvidos y bovinos en un reducido número de yacimientos franceses. Apreció fases de modificación, desde figuras naturalistas expresas a otras menos claras y casi ininteligibles, estilizadas o “degeneradas”. De este proceso surgirían motivos de adorno, de uso quizá simbólico por parte de sus autores o portadores.

A este pequeño lote de objetos de cuevas francesas se sumaron muchos más, desde principios de siglo XX hasta la actualidad, procedentes de yacimientos del norte peninsular. El catálogo actual de figuras de cabra esquematizadas en visión frontal de la zona septentrional peninsular consta de sesenta y seis representaciones en treinta y ocho piezas de veintidos yacimientos: de Asturias, La Paloma, Sofoxó, Las Caldas, Tito Bustillo, La Güelga, Cueto la Mina, Balmori y Llonín; de Cantabria, El Pendo, Morín, Valle, Chora y Horno; de Vizcaya, Santimamiñe y Bolinkoba; de Guipúzcoa, Urtiaga, Ekain, Aitzbitarte IV y Torre; de Navarra, Abauntz y Berroberría. A estos habría que añadir noticias de la presencia de una pieza más en Caballón (Burgos). Tres de las piezas aludidas, procedentes de Sofoxó, Tito Bustillo y Llonín, forman parte de la exposición permanente del Museo Arqueológico de Asturias.

Varilla de Sofoxó, con decoración de estilización de cabra en perspectiva frontal. De izquierda a derecha: vista de anverso y reverso, calco y detalle del motivo decorativo © Texnai, Museo Arqueológico de Asturias
Varilla de Sofoxó, con decoración de estilización de cabra en perspectiva frontal. De izquierda a derecha: vista de anverso y reverso, calco y detalle del motivo decorativo © Texnai, Museo Arqueológico de Asturias

La pieza de Sofoxó (Las Regueras) procede de las excavaciones arqueológicas del Conde la Vega del Sella; se trata de una varilla de asta de sección plano convexa, ovalada distalmente. Presenta una decoración de cabra estilizada con indicación de los cuernos (dos trazos largos divergentes), orejas (dos trazos menores en posición inferior) y representación convencional del cuerpo mediante dos trazos largos.

Cincel retocador o azagaya de Tito Bustillo, con estilizaciones de cabra en perspectiva frontal. De izquierda a derecha: vista de anverso y lateral, calco y detalles de los motivos decorativos © Texnai, Museo Arqueológico de Asturias
Cincel retocador o azagaya de Tito Bustillo, con estilizaciones de cabra en perspectiva frontal. De izquierda a derecha: vista de anverso y lateral, calco y detalles de los motivos decorativos © Texnai, Museo Arqueológico de Asturias

La pieza de Tito Bustillo se ha definido como cincel-retocador o como azagaya biselada. Presenta dos estilizaciones que han sido interpretadas como cérvidos o como caprinos, y procede del área de estancia de Tito Bustillo, de un nivel asignado al Magdaleniense superior inicial.

Costilla de Llonín con estilizaciones de cabra en perspectiva frontal. De arriba a abajo, y de izquierda a derecha: a derecha, anverso, detalle y calco; reverso y calco © Javier Fortea, Museo Arqueológico de Asturias
Costilla de Llonín con estilizaciones de cabra en perspectiva frontal. De arriba a abajo, y de izquierda a derecha: anverso, detalle y calco; reverso y calco © Javier Fortea, Museo Arqueológico de Asturias

La pieza de Llonín se documenta en las excavaciones dirigidas por Javier Fortea, Marco de la Rasilla y Vicente Rodríguez Otero. Procede del nivel IX del sector llamado “Cono Anterior”, correspondiente con una cronología de Magdaleniense superior. Se trata de una costilla decorada profusamente por ambas caras, con signos y cabras estilizadas. En uno de los lados aparece una cabra de perfil y marcas que recorren el borde superior en forma de V; en el reverso aparecen dos cabezas de cabra frontales estilizadas, con cuernos, orejas y cara de forma triangular, alargando una de ellas los trazos de las orejas para definir el cuello. De nuevo en este lado se representan trazos transversales en V. Recuerda, por la abundancia decorativa y por la disposición de las marcas en V, muy abundantes, a una de las piezas líticas decoradas de la cueva de Abauntz.

El tema se interpreta como una forma de estilización, un convencionalismo que ahorra detalles. La identificación con la cabra se realiza a partir de la morfología del animal y de su representación en el arte paleolítico, siendo, en palabras de Ignacio de Barandiarán, una referencia muy veraz a su comportamiento de atención, como cabras en alerta.

Comparativa de actitudes naturalistas de cabras en alerta con ejemplos de decoración en perspectiva frontal. De izquierda a derecha: El Pendo, Llonín y Abauntz
Comparativa de actitudes naturalistas de cabras en alerta con ejemplos de decoración en perspectiva frontal. De izquierda a derecha: El Pendo, Llonín y Abauntz

En general se muestran en posición frontal o semifrontal, con cuernos y orejas dispuestos a cada lado, y en ocasiones representando la cara de la cabra mediante trazos convergentes en el extremo inferior. Normalmente los trazos son lineales, y la cara presenta una característica silueta triangular alargada. Existen ejemplos en los que se sugieren trazos del cuello o cuerpo del animal. Dentro de este esquema general se producen variantes formales que van de motivos claros y expresos a otros muy esquematizados, que pueden llegar a ser dudosos o discutibles, y que alcanzan a simples líneas en V. Ignacio de Barandiarán ha propuesto algunas variantes formales del tema:

  • Figura completa toda de frente, conformando expresiones de alto realismo que marcan lo esencial de la anatomía de la cabra.
  • Figura completa con cabeza de frente y cuerpo de costado.
  • Figura incompleta con cabeza y mitad anterior del cuerpo, apareciendo en unos casos como silueta muy sencilla, en la que se representan las líneas de cuernos y orejas y perfiles de cara y cuello, y en otros sintetizando partes del cuerpo con detalles de relleno, como trazos transversales o puntuaciones.
  • Figura de la cabeza con alusión al cuerpo por una línea, recta o ligeramente ondulada que la prolonga.
  • Cabeza exenta con distintos grados de estilización; en algunos casos el contorno de la cara y en otros se sintetiza la imagen en lo mínimo expresivo, con dos pares de líneas de orejas y cuernos.
  • Simples incisiones de dos trazos en V aproximada, o en aspa, constituyendo las formas que Breuil consideró como punto final del proceso de degeneración del tema “caprino en perspectiva frontal”. Muchas de estas estilizaciones extremas son identificadas como tales al aparecer “en escenas” con claros motivos de cabras en cerradas agrupaciones, y que serían ininteligibles y discutidas como tales si apareciesen aisladas como motivo decorativo en una pieza mobiliar.

Respecto a los soportes sobre los que aparece este tipo de motivo, existe un predominio de los utensilios: azagayas, hasta veinte; varillas o espátulas, cincel, arpón, cuatro bastones, un propulsor, un colgante en asta de ciervo y un compresor de piedra. En otros casos, aparecen en dos placas, un tubo de hueso y dos bloques de piedra. Obviamente el formato y el tamaño del soporte determinará la disposición del tema.

Motivos decorativos de esquematizaciones de cabras en perspectiva frontal, sobre distintos soportes. De izquierda a derecha: Chora, El Valle, El Pendo y bloque de Abauntz
Motivos decorativos de esquematizaciones de cabras en perspectiva frontal, sobre distintos soportes. De izquierda a derecha: Chora, El Valle, El Pendo y bloque de Abauntz

A esta convención estilizada de cabra en visión frontal se le asigna un valor de seguro diagnostico cronológico, propio del Magdaleniense superior cantábrico. A partir de dataciones directas de algunos objetos y de la disposición estratigráfica de los niveles de los que proceden, no parece descabellado proponer su presencia en un lapso temporal más amplio, desde el Magdaleniense medio, hasta los estadios avanzados y finales del Magdaleniense cantábrico.

Dado el alto número de ejemplos existentes en la zona cantábrica, muy superior a los documentados en Francia, se considera que el convencionalismo de cabra esquematizada en perspectiva frontal es característico del Magdaleniense cantábrico. No obstante algunos ejemplos son reconocidos en el Pirineo francés, con ejemplos en La Vache, Gourdan o Lortet; e incluso en la Dordoña, aunque de manera más débil y discutible, con motivos similares en Laugerie-Basse, La Madeleine, o incluso en motivos decorativos de la conocida lámpara procedente de Lascaux.

Motivos decorativos de esquematizaciones de cabras en perspectiva frontal en Francia. De izquierda a derecha: Gourdan, La Vache (calco) y Lascaux.
Motivos decorativos de esquematizaciones de cabras en perspectiva frontal en Francia. De izquierda a derecha: Gourdan, La Vache (calco) y Lascaux.

Si bien el motivo es predominante en el arte mobiliar, no se pude decir que sea completamente ajeno al grafismo parietal; de hecho se documentan cuatro ejemplos pintados en la cueva de Ekain y uno grabado en la cueva cántabra de El Otero; también en Francia se conocen algunos ejemplos (Niaux).

Ejemplos de representaciones de cabras frontales en el arte parietal. Arriba Ekain; abajo, a la izquierda, El Otero (calco sobre fotografía); a la derecha, Niaux
Ejemplos de representaciones de cabras frontales en el arte parietal. Arriba Ekain; abajo, a la izquierda, El Otero (calco sobre fotografía); a la derecha, Niaux

La difusión de objetos y motivos a lo largo del Magdaleniense, la dispersión geográfica y la densidad de hallazgos, nos pone sobre la pista de los mecanismos de conexión e interrelación de los grupos paleolíticos a larga distancia y de los particularismos e idiosincrasias territoriales; de la intensidad en los contactos o de la relajación en los vínculos; de la diversidad y de la identidad de los grupos humanos y sus relaciones a lo largo del territorio prehistórico europeo.

Fuentes:

Sauvet, Georges; Fortea, Javier; Fritz, Carole; Tosello, Gilles: “Crónica de los intercambios entre los grupos humanos paleolíticos. La contribución del arte para el periodo 20000-12000 años BP” en Zephyrus 61 (1), p. 35-61; Salamanca, 2008.

Barandiaran, Ignacio de; Cava, Ana: “La cabra alerta: marcador gráfico del Magdaleniense cantábrico avanzado” en Rasilla, Marco de la (coord.): F. J. Fortea Pérez Universitatis Ovetensis Magister. Estudios en Homenaje, p. 263-286. Universidad de Oviedo, Ménsula Ediciones, Oviedo 2013.

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Las Herrerías

“El arte paleolítico de Las Herrerías ofrece una característica bien destacada, que es su unidad temática, con representaciones abstractas aisladas en un santuario especial, en el que se ha prescindido de todo otro tipo de representación artística, animal o antropomorfa” (Francisco Jordá y Manuel Mallo, 1972)

LA CUEVA DE LAS HERRERÍAS se ubica en el concejo de Llanes, en la localidad de La Pereda, en la base del llamado Pico Castiellu. Se trata de una cueva geológicamente compleja, con dos accesos desde el exterior, conformando uno de ellos un gran abrigo de entrada con una notable presencia en el paisaje.

Abrigo de entrada a la cueva de Herrerías. © César García de Castro y Sergio Ríos
Abrigo de entrada a la cueva de Herrerías. © César García de Castro y Sergio Ríos

Dicho abrigo da paso a una intrincada red de galerías, pequeñas y estrechas, con evidentes señales de erosión producida por presión hidrostática forzada. Si bien varias de las galerías se encuentran fosilizadas, algunos de los pasos secundarios muestran evidentes señales de reciente actividad. El laberinto de galerías, en dirección NE-SW pasa por una sala triangular bastante amplia a partir de la cual el techo va perdiendo altura, conduciendo a un paso angosto que nos lleva, manteniendo la misma dirección, a la llamada sala de las pinturas.

Plano de la cueva de Herrerías, con indicación de las zonas decoradas. © Francisco Jordá y Manuel Mallo
Plano de la cueva de Herrerías, con indicación de las zonas decoradas. © Francisco Jordá y Manuel Mallo

Se trata de una zona con forma de embudo, en cuyo techo se concentran veintitrés signos rojos, tradicionalmente conocidos con el nombre de “parrillas”: formas cerradas, geométricas, cuadrangulares y compartimentadas interiormente. Además de esta zona, muy cerca de un acceso secundario, ubicado al norte, y en una galería pequeña de incomodo acceso se documentaron otros restos de pintura en color rojo imposibles de descifrar.

Representaciones de "parrillas" de la cueva de Herrerías. © César García de Castro y Sergio Ríos
Representaciones de “parrillas” de la cueva de Herrerías. © César García de Castro y Sergio Ríos

Es descubierta en 1912 por unos padres agustinos, y es visitada en 1913 por Breuil y Alcalde del Río. Las primeras referencias al arte paleolítico de Las Herrerías son publicadas en 1914 por Breuil, Boule y Obermaier, en la revista francesa L’Anthropologie, en la sección referida a los trabajos llevados a cabo en el año 1913 por el Instituto de Paleontología Humana de París. Se trata de una escueta referencia, donde se alude a Herrerías con el nombre de “cueva de Bolao”, nombre que en realidad pertenece a otra gruta ubicada en las proximidades. Definían las representaciones de la cueva como “tectiformes” pintados en color rojo (“frise de signes tectiformes peints en rouge“), acompañando la reseña de un croquis realizado a mano alzada.

Calco de Henri Breuil del arte de las Herrerías, publicado en 1914
Calco de Henri Breuil del arte de las Herrerías, publicado en 1914

En realidad la catalogación de los signos en forma de parrilla como “tectiformes”, también aplicada a signos similares en otras cuevas, como el caso de El Buxu, no se ajusta demasiado a su morfología: “tectiforme” hace referencia a una tipología de signo bien definido, con remate en forma triangular, formado por dos líneas oblicuas a modo de techo,  perfectamente localizado en las cuevas francesas de la Dordogna (Bernifal, Les Combarelles,  Font-de-Gaume o Rouffignac).

Tectiformes de la cueva de Font-de-Gaume
Tectiformes de la cueva de Font-de-Gaume

El estudio más extenso sobre las pinturas de Herrerías es publicado en 1972 por Francisco Jordá y Manuel Mallo. En él se insiste en que los signos “en parrilla” conservados en Herrerías repiten el mismo motivo a lo largo del techo de la sala de las pinturas: formas más o menos rectangulares con trazos interiores paralelos. Más allá de las descripción de los motivos, de la concentración y repetición del signo dominante y de la ausencia total de representaciones animales, recientemente se ha señalado una ordenación gráfica según “diversa orientación y en función de ciertos accidentes geológicos“, como grietas u oquedades.

Detalle de una de las "parrillas" de la cueva de Herrerías. © Javier Fortea
Detalle de una de las “parrillas” de la cueva de Herrerías. © Javier Fortea

Los diferentes motivos están pintados en un rojo intenso, combinando puntuaciones y trazo único; lamentablemente algunos de ellos han sido agredidos en tiempos recientes por raspados y frotamientos. Para los motivos de Herrerías se pueden señalar paralelos en cuevas asturianas (Tito Bustillo), cantábricas (Aguas de Novales) y francesas (Le Cantal), siendo especialmente llamativa la semejanza del motivo de la cueva francesa con la parrilla de Herrerías señalada con el número siete en el calco de Jordá y Mallo. No obstante para estos autores la significación de estos motivos tienen una delimitación territorial definida, tratandose de un tema similar pero con versiones distintas en otros ámbitos geográficos, llegando a plantear su relación con “algún signo distintivo relativo a una colectividad humana, expresión plástica de una especie de emblema de un grupo social“.

Comparativa de los motivos de Herrerías: de izquierda a derecha, Herrerías, Tito Bustillo, Aguas de Novales y Le Cantal
Comparativa de los motivos de Herrerías: de izquierda a derecha, Herrerías, Tito Bustillo, Aguas de Novales y Le Cantal

Sin entrar a valorar estas consideraciones, sí debemos tener presente la idea desarrollada por Francisco Jordá de la existencia de “santuarios” monotemáticos, en cuya definición encajaría perfectamente el arte de Herrerías. En esta idea profundizó más tarde Javier Fortea, al referirse a la existencia de espacios singularizados, monotemáticos de signos, y de los cuales, además de Herrerías, encontraríamos ejemplos en la Lluera II (aunque con la presencia de al menos una cierva),  la Galería de Llonín y el conocido Camarín de las Vulvas o el más desconocido Conjunto VI, ambos en Tito Bustillo. Se trata por tanto de sitios que contienen representaciones figurativas y que dedican a los signos “espacios topográficamente muy singularizados o acotados” (Buxu, Llonín, Tito Bustillo), mientras que otros, (Herrerías, Mazaculos, Balmori, Sidrón, Tebellín…) solo contienen este tipo de figuraciones abstractas.

"Parrillas" representadas en la cueva de Tito Bustillo. © Miguel de Guzmán
“Parrillas” representadas en la cueva de Tito Bustillo. © Miguel de Guzmán

Respecto a la cronología de tales manifestaciones, en el caso concreto de Herrerías no se cuenta con elemento de datación alguno, si bien por comparación estilística diversos autores han llevado el arte de la cueva a los momentos finales del Paleolítico superior (Magdaleniense medio y superior). No obstante la secuencia de superposiciones en paneles complejos podría permitir postular una mayor antiguedad para estos motivos: alineaciones de barras en vertical y formas rectangulares con esquinas rectas o redondeadas y compartimentadas en su interior pueden ser adscritas a momentos premagdalenienses en cuevas como Llonín o Tito Bustillo. Sin embargo, y desprovistos de dataciones directas, resulta dificil ordenar cronológicamente estas producciones, que atañen a reducidos lotes gráficos en complejos paneles con distintas fases artísticas superpuestas.

BIBLIOGRAFÍA

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Cabeza de cabra. Escultura magdaleniense de Tito Bustillo

“La presencia de esta pieza confirma la excepcional importancia del yacimiento, no solo como lugar de ocupación sino también por sus obras de arte mueble y rupestre” (Alfonso Moure, 1983)

LA PIEZA REFERENCIADA es una escultura perforada ejecutada sobre asta, que representa una cabeza de cabra. Forma parte de la exposición permanente del Museo Arqueológico de Asturias.

Anverso y reverso de la escultura-colgante en forma de cabeza de cabra procedente de Tito Bustillo © Texnai, Museo Arqueológico de Asturias
Anverso y reverso de la escultura-colgante en forma de cabeza de cabra procedente de Tito Bustillo © Texnai, Museo Arqueológico de Asturias

La escultura se descubre a principios de los años ochenta en la capa 1ab de la cuadrícula X.B del área de estancia de Tito Bustillo, en una zona definida por el comienzo de la línea de penumbra. El nivel se relaciona con un horizonte formado por pequeños bloques de caliza procedentes del techo y de las paredes de la cueva, dispuestos orientando las superficies aplanadas hacia arriba a la manera de un enlosado como los descubiertos en otras ocupaciones paleolíticas. El material arqueológico asociado se correspondería con el Magdaleniense superior, destacando la presencia de arpones. No obstante en las dataciones de C14 de este nivel se aprecia una reiteración de fechas más próximas al Magdaleniense medio, que a priori encajarían mejor en la atribución cronológica de la pieza. Moure Romanillo sostuvo la asignación de este nivel al “Magdaleniense superior inicial, insistiendo en su sensible proximidad a las series del Magdaleniense medio” dado que, si bien la composición del utillaje y la presencia de arpones no parece dejar dudas respecto a su atribución al Magdaleniense superior, “la frecuencia de ciertos tipos óseos (varillas semicilíndricas, azagayas cortas de bisel simple con acanaladuras, placas decoradas, esculturas de bulto redondo…)”, al margen de las dataciones, “nos lleva a un mundo muy próximo al clasificado como Magdaleniense medio en otros yacimientos cantábricos (La Viña, La Paloma, Las Caldas, Entrefoces)“.

Escultura-colgante de Tito Bustillo (calco)
Escultura-colgante de Tito Bustillo (dibujo y sección)

Se describe como cabeza de cabra en bulto redondo, de 78 mm de largo, 25 mm de altura y 13 mm de espesor, con perforación en el extremo en el que se dispone la oreja. Se modelan los ojos, ahuecados con perfil cilíndrico; se esculpe la cornamenta, barba y músculo masetero. Se indica la boca, los ollares y las fosas nasales. El artista refuerza la decoración con finos trazos grabados, realzando el modelado, y marcando el pelaje. La presencia de la cornamenta con anillos y nudosidades y del pelaje en forma de barba en la parte inferior de la escultura, permitirían identificar la representación de un macho.

Detalle de la boca y ollar en el anverso de la escultura-colgante de Tito Bustillo © Texnai, Museo Arqueológico de Asturias
Detalle de la boca y ollar en el anverso de la escultura-colgante de Tito Bustillo © Texnai, Museo Arqueológico de Asturias

Está realizada a partir de un fragmento distal de asta, procedente de un candil de ciervo, siguiendo un procedimiento técnico en el que se reconocerían cuatro fases: inicialmente abrasión, para conseguir el esquema general de la pieza;  y posteriormente recortado, para detallar la forma de la cabeza y delimitar la oreja, la barba y el saliente en el que se dispone la cornamenta. Las dos fases restantes para los detalles consistirían en el modelado y la posterior decoración. La pieza conservaba restos de colorante rojizo en algunas de las incisiones, así como pasta de colorante de la misma tonalidad en las profundas concavidades que conforman los ojos.

Detalle de ojo y perforación en en reverso de la escultura colgante de Tito Bustillo © Texnai, Museo Arqueológico de Asturias
Detalle de ojo y perforación en en reverso de la escultura colgante de Tito Bustillo © Texnai, Museo Arqueológico de Asturias

La calidad de la pieza carece de paralelo en los yacimientos asturianos; en bulto redondo tan solo se conoce una escultura de ave sobre colmillo de oso de El Buxu, de cronología solutrense, y un búho de La Viña, perteneciente al Magdaleniense medio. Presuntamente procedente de este abrigo, ha sido publicada recientemente una cabeza de caballo en bulto redondo, pieza también excepcional que lamentablemente aparece descontextualizada ya que formaría parte de las rebuscas incontroladas anteriores a las excavaciones arqueológicas; los paralelos para esta pieza nos acercarían igualmente al Magdaleniense medio, con claras referencias al arte mueble de los yacimientos pirenaicos.

A la izquierda, escultura en forma de ave de la cueva de El Buxu (© Texnai, Museo Arqueológico de Asturias); a la derecha, cabeza de caballo, presuntamente hallada en el abrigo de La Viña (© A. Juaneda, Asociación Belenos)
A la izquierda, escultura en forma de ave de la cueva de El Buxu (© Texnai, Museo Arqueológico de Asturias); a la derecha, cabeza de caballo, presuntamente hallada en el abrigo de La Viña (© A. Juaneda, Asociación Belenos)

La escultura de Tito Bustillo, como pieza perforada, podría encontrar conexión con los llamados contornos recortados, si bien estos se realizan sobre un hueso plano (hioides) y no en bulto redondo, reproduciendo generalmente cabezas de caballos. Aparecen tanto en La Viña como en la propia cueva de Tito Bustillo, si bien en la cueva riosellana se documentaron en una zona interior de la cueva, depositados en un conjunto de cuatro sobre una repisa lateral elevada.

A la izquierda, contorno recortado sobre hioides del abrigo de La Viña (© Ástur Paredes, Asociación Belenos). A la derecha, contorno recortado en forma de cabeza de caballo de Tito Bustillo (© Museo Arqueológico de Asturias)
A la izquierda, contorno recortado sobre hioides del abrigo de La Viña (© Ástur Paredes, Museo Arqueológico de Asturias). A la derecha, contorno recortado en forma de cabeza de caballo de Tito Bustillo (© Rodrigo de Balbín, Museo Arqueológico de Asturias)

Fuera de Asturias, y dentro del área cantábrica, el tema –cabeza de cabra– encuentra una relación directa con el contorno recortado procedente de la cueva cántabra de La Garma, expresando el realismo y naturalismo del animal con igual carácter. Y respecto a su consideración de bulto redondo con perforación en los ojos para algún tipo de incrustación, no debe olvidarse la vinculación con las figuras esculpidas en los propulsores de las cuevas francesas de Mas d’Azil y Bédeilhac, en el Ariège, en los Pirineos Centrales (Francia).

A la izquierda, contorno recortado en forma de cabeza de cabra procedente de La Garma, Cantabria (© Museo Arqueológico de Cantabria). A la derecha, detalle del propulsor de Bedeilhac, Pirineos Franceses (© Museo Arqueológico Nacional, Ministerio de Cultura de Francia)
A la izquierda, contorno recortado en forma de cabeza de cabra procedente de La Garma, Cantabria (© Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria). A la derecha, detalle del propulsor de Bédeilhac, Ariège, Pirineos Franceses (© Museo Arqueológico Nacional, Ministerio de Cultura de Francia)

Tenemos noticias de la existencia de una pieza hoy desaparecida muy semejante a la de Tito Bustillo, a partir de los diarios del anticuario asturiano Sebastián de Soto Cortés (1833-1915), y que ha sido recientemente publicada por Valentín Álvarez Martínez. La procedencia de la pieza podría estar en algún yacimiento de Llanes, y como el propio autor indica, si bien en la colección de Soto Cortés muchas piezas eran falsificaciones, el parecido con la escultura de Tito Bustillo resulta muy sorprendente.

Dibujo de una escultura en forma de cabeza de cabra, documentada en los diarios del coleccionista Sebastián Soto Cortés
Dibujo de una escultura en forma de cabeza de cabra, documentada en los diarios del coleccionista Sebastián Soto Cortés (1833-1915) © Valentín Álvarez Martínez

Este colgante con forma de cabeza de cabra confirma, junto con la presencia de otras esculturas y contornos recortados en el área cantábrica, la relación del territorio con el importante foco francés de Pirineos centrales y atlánticos. Probablemente su uso y simbolismo no puede mostrarse ajeno al mundo de los contornos recortados, característicos del Magdaleniense medio. Tal y como el propio Alfonso Moure afirma, “no puede descartarse de entrada un simbolismo común en el empleo de colgantes en forma de cabeza de animal –recortados o esculpidos–, lo mismo que pudieron tenerlo los collares de caparazones de algunos moluscos o los caninos de ciervo“.

Dibujo de Cromagnon a partir de una obra de Bernard Magnaldi
Dibujo de Cromagnon a partir de una obra de Bernard Magnaldi

Fuentes:

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Nuevas evidencias de la presencia del reno en la Península Ibérica durante el Pleistoceno

“El reno, especie adaptada a climas fríos y espacios abiertos, ocupó buena parte de Europa en durante el Pleistoceno Medio y Superior”

© Miguel de Guzmán. Principado de Asturias, Consejería de Cultura
Reno (detalle) del Panel Principal de Tito Bustillo. © Miguel de Guzmán. Principado de Asturias, Consejería de Cultura

SE ACABA DE PUBLICAR en la revista Boreas un estudio liderado por Asier Gómez-Olivencia, del Museo Nacional de Historia de París, que plantea una revisión cronológica y arqueopaleontológica de la presencia de los renos más meridionales de Europa en la Península Ibérica durante el Pleistoceno. Dicha revisión está relacionada con el hallazgo de un importante número de restos de Rangifer tarandus inéditos procedentes de yacimientos de Vizcaya, entre los que se encuentran los hallados en Arlanpe (Lemona), datados al final del Pleistoceno Medio. El reno, especie adaptada a climas fríos y espacios abiertos, ocupó buena parte de Europa en durante el Pleistoceno Medio y Superior, y a diferencia de otras especies como el mamut o el rinoceronte lanudo, apenas penetra en la Península Ibérica, estando restringida su presencia al norte de Cataluña y la cornisa cantábrica.

Tal y como explica Joseba Ríos, investigador del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana y firmante del artículo, la distribución geográfica no coincide con las representaciones de reno en el arte paleolítico, que tanto en su vertiente rupestre como en manifestaciones de arte mueble muestra una distribución más amplia y que abarca a la Meseta Norte, lo que podría reflejar procesos de comunicación cultural y relaciones y contactos a larga distancia entre los grupos humanos del Paleolítico superior.

Reno grabado en La Covaciella. © Javier Fortea, Principado de Asturias, Consejería de Cultura
Reno grabado en La Covaciella. © Javier Fortea, Principado de Asturias, Consejería de Cultura

En Asturias la presencia del reno en las manifestaciones parietales paleolíticas está constatada en cuevas como El Pindal, Llonín, Tito Bustillo y La Covaciella, todas ellas ubicadas en la zona oriental de Asturias, aunque la reciente revisión del arte paleolítico de la cueva de La Peña, en San Román de Candamo, permitiría identificar una figura de reno en el área central asturiana. Respecto al arte mobiliar, contamos con representaciones en piezas procedentes de Las Caldas  y de La Viña.

Por contra, los restos de  Rangifer tarandus en yacimientos de la región son escasos, estando documentada su presencia en cuevas como Cueto La Mina, La Riera o Tito Bustillo, en el área oriental de la región, y La Paloma y Las Caldas en la cuenca media del Nalón.

Reno vareto representado en la cueva de Llonín. © L. G. Straus, Principado de Asturias, Consejería de Cultura
Reno vareto representado en la cueva de Llonín. © L. G. Straus, Principado de Asturias, Consejería de Cultura

En este estudio titulado “New evidence for the presence of reindeer (Rangifer tarandus) on the Iberian Peninsula in the Pleistocene: an archaeopalaeontological and chronological reassessment” también han participado investigadores como Diego Gárate, del Museo Arqueológico de Bizkaia e investigador vinculado al Centre de Recherche et d’Etudes de l’art Préhistorique Emile Cartaihac, o Diego Álvarez-Lao, paleontólogo del departamento de Geología de la Universidad de Oviedo.

Fuente: Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana

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