Las Mestas

“La prolongación anormal de algunas líneas anatómicas como la larga cola y pata anterior no son la excepción en los grabados del segundo horizonte gráfico del Nalón: son el resultado de desbordamientos finales producidos por el enérgico gesto del grabador”. (Javier Fortea, 2007)

LA CUEVA DE LAS MESTAS se abre en un espolón de caliza de montaña situado en la margen derecha del río Nora, afluente del Nalón, en su confluencia con el río principal, en las inmediaciones de los pueblos de Priañes, perteneciente al concejo de Oviedo, y Taoces, en el concejo de Las Regueras. Se ubica a unos ochenta metros de altitud y a solo veinte metros de altura sobre el nivel medio actual del río en ese punto. Se trata de una cavidad de reducidas dimensiones, con dos bocas que abren a ambos lados del espolón, y que durante un tiempo estuvieron incomunicadas por un muro de piedra construido en época contemporánea para utilizar uno de los vestíbulos como polvorín.

Vista panorámica de los meandros del río Nora, en las proximidades de la cueva de Las Mestas
Vista panorámica de los meandros del río Nora, en las proximidades de la cueva de Las Mestas

La primera noticia sobre Las Mestas es publicada por Eduardo Hernández-Pacheco en 1919, atribuyendo su descubrimiento al Conde de la Vega del Sella, mencionando la existencia de restos del Paleolítico superior en superficie, sin más precisiones. Aunque en esta primera cita no hay referencia expresa a su arte rupestre, Vega del Sella ya habría llevado a cabo un intento de interpretación de los grabados, dado que en una agenda manuscrita conservada realizó varios bocetos del motivo. Algunos años más tarde, en 1925, Hugo Obermaier vuelve a referirse a la cueva de Las Mestas, incluyéndola entre el grupo de sitios con “arte cuaternario” conocidos hasta entonces. Sitúa el descubrimiento en el año 1916, llevado a cabo por Vega del Sella y por él mismo. En esta referencia no especifica el contenido gráfico de la cueva, aunque dos años más tarde, en 1927, da cuenta de que se trataría de primitivos grabados de animales.

En las décadas de los años cincuenta y sesenta, Francisco Jordá vuelve a referirse a la cueva en varias ocasiones. En un primer momento hace referencia al arte de Las Mestas como ejemplo de “silueta incompleta o simple perfil de animal con representación de una sola pata por par”. Ya en 1969, y tras haber visitado la cueva, habla de la presencia en el techo de la cueva de grabados con técnica de trazo profundo y de difícil interpretación”. Se refiere a una especie de V, “quizá el esquema de una vulva”, a “un haz de tres líneas cortadas por una tercera” y que parece dibujar una forma de triangulo y “algunos trazos más que se resisten a una adecuada interpretación”. Señala asimismo que la representación en forma de triangulo habría sido interpretada por Obermaier como una posible estilización de cáprido. Jordá ofrece un calco parcial y muy sumario de los grabados localizados en el techo de la visera. El tipo de trazo, de grabado profundo, le lleva a atribuir su cronología a un momento antiguo, dentro de lo que denominó “ciclo auriñaco-perigordiense”.

Vista interior desde una de las dos bocas de la cueva de Las Mestas © Santiago Calleja
Vista interior desde una de las dos bocas de la cueva de Las Mestas © Santiago Calleja

En la década de los setenta, Manuel R. González Morales vuelve a documentar in situ los grafismos de Las Mestas, con “la intención de aportar datos precisos sobre la localización concreta de los grabados de la cavidad y dar una muestra fotográfica del mismo”. Considera la presencia de un depósito arqueológico intacto, recogiendo en superficie un raspador y un buril, y localiza un grabado que se encuentra a algo más de un metro de la entrada, en una zona totalmente iluminada, y a poco más de dos metros de altura del suelo actual, en una hornacina natural de la pared. Sus conclusiones, respecto a interpretación y encuadre cronológico y cultural son presentadas en Congreso Arqueológico Nacional celebrado en Huelva en 1973, y asumidas por otros autores posteriormente (González Sainz y González Echegaray en 1994; Blas Cortina en 1996).

En el año 1975, visita Las Mestas José Manuel González, acompañado entre otros por Manuel Mallo Viesca. De las observaciones y de la documentación gráfica obtenida, Mallo interpreta que lo principal de las profundas líneas grabadas conformaría un caballo orientado a la derecha. Esta interpretación es asumida por Jordá en 1986 y por Magín Berenguer en 1991, insistiendo años más tarde Javier Fortea y María González-Pumariega en el carácter figurativo del grafismo. Al respecto de esta interpretación, Javier Fortea informa que le fue dada a conocer in litteris por Manuel Mallo en 1986. Pudo ratificarla personalmente in situ en 1989, y colectivamente junto a G. Sauvet. C. Fritz y G. Tosello en el año 2002.

Caballo grabado orientado a la derecha © Manuel Mallo Viesca
Caballo grabado orientado a la derecha © Manuel Mallo Viesca

Según Javier Fortea, “un grueso trazo convexo-cóncavo, grabado de derecha a izquierda, dibujaría una línea cérvico-dorsal de un animal; otros trazos representarían la nalga, pata trasera y vientre; otro grueso surco, ejecutado de arriba abajo figuraría cuello, pecho y pata anterior; finalmente, sobre esta última y la parte posterior del vientre incidirían sendos trazos lineales. El todo representaría un caballo acéfalo, pero algunos resaltes y grietas podrían evocar la cabeza”.

De este modo Las Mestas se incorpora a la relación de sitios del Nalón que albergan una única representación figurativa, junto a Los Murciélagos (bisonte) o Godulfo (cierva).

BIBLIOGRAFÍA

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Les Pedroses

“Su gran interés reside en la extraordinaria información que, tanto artística, como religiosa, ofrece el conjunto rupestre situado en su galería NE, a pesar de sus reducidas dimensiones y de las escasas figuras de animales en ella representadas, pero con significativos cambios de técnicas  y estilos; y también por las superposiciones y correcciones posteriores” (Francisco Jordá, 1991).

Entrada de la cueva de Les Pedroses. © López de Arenosa, La Nueva España
Entrada de la cueva de Les Pedroses. © López de Arenosa, La Nueva España

LA CUEVA DE LES PEDROSES se ubica en las cercanías de El Carmen (Ribadesella), formando parte del importante conjunto de cuevas paleolíticas documentado en el concejo de Ribadesella. En sus proximidades, en las cercanías de Fresnu, se localizan las cuevas de El Cierro y el abrigo del Requexau; algo más alejadas, Cova Rosa y las cuevas del macizo de Ardines (Tito Bustillo, La Lloseta, La Cuevona y Viesca). Está situada en un farallón calizo muy carstificado, donde se abre una boca de acceso bastante amplia, que conduce a una galería de unos 70 m, bajo la cual transita, intermitente, un curso de agua subterráneo.

Fue descubierta por Francisco Jordá Cerdá en 1956, una vez terminada la campaña de excavaciones arqueológicas que el entonces Jefe del Servicio de Investigaciones Arqueológicas de la Diputación Provincial de Oviedo llevaba a cabo en la cercana cueva de La Lloseta. El descubrimiento y la identificación de su arte rupestre se hizo en compañía de Antonio Álvarez Alonso, capataz del citado Servicio, y de José Ruisánchez Rodrigo, vecino de la localidad de El Carmen, que  fue quien señaló la existencia de la cueva. Para 1956, Les Pedroses se constituía en la segunda cueva con arte rupestre conocida en el concejo de Ribadesella, después de la vecina cueva de San Antonio, cuya única figura parietal, un caballo pintado en color negro, fue identificado por Hermilio Alcalde del Río en el año 1912.

Calco de Francisco Jordá del panel de la cueva de Les Pedroses
Calco de Francisco Jordá del panel de la cueva de Les Pedroses

A pesar de los trabajos de documentación realizados por Francisco Jordá en la cueva de Les Pedroses, en colaboración con su ayudante Manuel Mallo y del topógrafo Celestino Cuervo,  y a pesar de los intentos y esfuerzos del profesor Jordá, la publicación monográfica de su arte parietal nunca verá la luz, aunque serán constantes las alusiones del arqueólogo alcoyano a Les Pedroses tanto en congresos científicos como en obras generales de divulgación. Toda la información y los textos elaborados acaban de ser recopilados y publicados por Jesús F. Jordá Pardo, y si bien recientes trabajos de investigación y divulgación refereridos al arte paleolítico asturiano en general, y de las cuevas de Ribadesella en particular, han permitido documentar nuevas evidencias gráficas, la publicación de estos manuscritos inéditos son una interesante aportación a la historia de las investigaciones prehistóricas en Asturias.

Planta de la cueva de Les Pedroses. © Celestino Cuervo, Francisco Jordá
Planta de la cueva de Les Pedroses. © Celestino Cuervo, Francisco Jordá

Al margen del arte rupestre de la cueva, son muy escuetas las referencias a los restos arqueológicos del yacimiento, aunque se constata la presencia de un conchero de cronología asturiense o posterior. No obstante en 1959 Hernández-Pacheco cita la presencia de materiales paleolíticos que se podrían atribuir al Solutrense superior o Magdaleniense inferior, publicándose un fragmento de azagaya que se asigna, con pequeños matices, a esa misma cronología. También de interés es el hallazgo de restos cerámicos recogidos en el interior de la cueva, y que pertenecen a una misma vasija de base plana, conservada en el Museo Arqueológico de Asturias, de factura manual, de pasta y textura poco compacta y de cocción desigual, con decoración escasa compuesta por incisiones y digitaciones. Su cronología es dudosa, pudiendo abarcar desde fases neolíticas hasta la Edad de Bronce.

Vista general del panel decorado de la cueva de Les Pedroses. © Equipo Norte, Ministerio de Cultura
Vista general del panel decorado de la cueva de Les Pedroses. © Equipo Norte, Ministerio de Cultura

El arte rupestre de la cavidad se concentra en un pequeño panel de unos 3 x 1,50 m, situado a unos 60 m de la entrada de la cueva, y en el que Jordá señala tres fases de realización artística. La primera de ellas abarca seis figuras grabadas, identificadas como un uro y cuatro cérvidos, a los que se uniría un caballo del que tan solo se reconoce la grupa, realizadas mediante la técnica de grabado múltiple y rellenos estriados. Las figuras aparecen incompletas, algunas de ellas del tipo descrito como “contornos inacabados”, y en todo caso acéfalas, circunstancia que caracteriza a las representaciones figurativas de esta cueva.

Representación acéfala de la cueva de Les Pedroses. © Javier Fortea, Principado de Asturias, Consejería de Cultura
Representación acéfala de la cueva de Les Pedroses. © Javier Fortea, Principado de Asturias, Consejería de Cultura

La segunda fase de realización artística, superpuesta a la anterior, se compone de tres representaciones acéfalas, en este caso descritas por Jordá como un uro y dos cérvidos, y donde de nuevo está presente la técnica de grabado múltiple, aunque en combinación con el color, ya que las tres representaciones se rellenan en tinta plana roja, que en la actualidad presenta una desigual intensidad.

Figura acéfala de la cueva de Les Pedroses. © Equipo Norte, Ministerio de Cultura
Figura acéfala de la cueva de Les Pedroses. © Equipo Norte, Ministerio de Cultura

En la tercera fase, se produce una modificación en la figura de toro acéfalo grabada en la primera fase, a la que se le añaden dos cabezas de uro, de distinto tamaño y grabadas con trazo simple pero intenso. También se representa un grabado descrito por Jordá como “figura ideomorfa”, realizado con la misma técnica que las dos cabezas aludidas, y compuesta por un doble ángulo de lados curvos que se entrecortan entre sí, y que si bien podría tratarse de una esquematización animal, no descarta pudieran ser representaciones de tipo “vulviforme”.

Restos de pintura roja localizados en Les Pedroses, interpretados como un posible antropomorfo © Rodrigo de Balbín, Consejería de Cultura.
Restos de pintura roja localizados en Les Pedroses, interpretados como un posible antropomorfo © Rodrigo de Balbín, Consejería de Cultura.

Además de las representaciones descritas por Jordá, trabajos recientes de documentación artística de las cuevas de Ribadesella llevados a cabo por un equipo dirigido por Rodrigo de Balbín, identificaron en Les Pedroses otros restos pictóricos en color rojo, dispuestos en hornacinas y pequeñas galerías que descienden hacia el nivel inferior. También en Tito Bustillo, en el Panel Principal, se identificó una representación muy similar a las figuras acéfalas de Les Pedroses, en tinta plana roja.

representación acéfala, similar a las documentadas en la cueva de Les Pedroses, localizada en el Panel Principal de Tito Bustillo. © Miguel de Guzmán, Principado de Asturias, Consejería de Cultura
representación acéfala, similar a las documentadas en la cueva de Les Pedroses, localizada en el Panel Principal de Tito Bustillo. © Miguel de Guzmán, Principado de Asturias, Consejería de Cultura

La interpretación de Francisco Jordá en relación con las representaciones acéfalas de Les Pedroses fue siempre orientada a cuestiones de ordenación religiosa, considerando que eran «el exponente de una de las varias formas de religiosidad zoolátrica del Paleolítico superior en la región cantábrica, en la que determinados animales, que deben ser considerados como dominantes, aparecen representando un papel propio de una historia mítica e integrados en una ordenación ritual».

Fuentes

JORDÁ CERDÁ, Francisco; MALLO VIESCA, Manuel. “La cueva de Les Pedroses (El Carmen, Ribadesella, Asturias)” en Nailos. Estudios Interdisciplinares de Arqueología, n. 1, 2014, p. 131-162.

JORDÁ PARDO, Jesús Francisco. “La cueva de Les Pedroses (El Carmen, Ribadesella, Asturias). Recuperación de unos manuscritos inéditos” en Nailos. Estudios Interdisciplinares de Arqueología, n. 1, 2014, p. 121-130.

BIBLIOGRAFÍA

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Las Herrerías

“El arte paleolítico de Las Herrerías ofrece una característica bien destacada, que es su unidad temática, con representaciones abstractas aisladas en un santuario especial, en el que se ha prescindido de todo otro tipo de representación artística, animal o antropomorfa” (Francisco Jordá y Manuel Mallo, 1972)

LA CUEVA DE LAS HERRERÍAS se ubica en el concejo de Llanes, en la localidad de La Pereda, en la base del llamado Pico Castiellu. Se trata de una cueva geológicamente compleja, con dos accesos desde el exterior, conformando uno de ellos un gran abrigo de entrada con una notable presencia en el paisaje.

Abrigo de entrada a la cueva de Herrerías. © César García de Castro y Sergio Ríos
Abrigo de entrada a la cueva de Herrerías. © César García de Castro y Sergio Ríos

Dicho abrigo da paso a una intrincada red de galerías, pequeñas y estrechas, con evidentes señales de erosión producida por presión hidrostática forzada. Si bien varias de las galerías se encuentran fosilizadas, algunos de los pasos secundarios muestran evidentes señales de reciente actividad. El laberinto de galerías, en dirección NE-SW pasa por una sala triangular bastante amplia a partir de la cual el techo va perdiendo altura, conduciendo a un paso angosto que nos lleva, manteniendo la misma dirección, a la llamada sala de las pinturas.

Plano de la cueva de Herrerías, con indicación de las zonas decoradas. © Francisco Jordá y Manuel Mallo
Plano de la cueva de Herrerías, con indicación de las zonas decoradas. © Francisco Jordá y Manuel Mallo

Se trata de una zona con forma de embudo, en cuyo techo se concentran veintitrés signos rojos, tradicionalmente conocidos con el nombre de “parrillas”: formas cerradas, geométricas, cuadrangulares y compartimentadas interiormente. Además de esta zona, muy cerca de un acceso secundario, ubicado al norte, y en una galería pequeña de incomodo acceso se documentaron otros restos de pintura en color rojo imposibles de descifrar.

Representaciones de "parrillas" de la cueva de Herrerías. © César García de Castro y Sergio Ríos
Representaciones de “parrillas” de la cueva de Herrerías. © César García de Castro y Sergio Ríos

Es descubierta en 1912 por unos padres agustinos, y es visitada en 1913 por Breuil y Alcalde del Río. Las primeras referencias al arte paleolítico de Las Herrerías son publicadas en 1914 por Breuil, Boule y Obermaier, en la revista francesa L’Anthropologie, en la sección referida a los trabajos llevados a cabo en el año 1913 por el Instituto de Paleontología Humana de París. Se trata de una escueta referencia, donde se alude a Herrerías con el nombre de “cueva de Bolao”, nombre que en realidad pertenece a otra gruta ubicada en las proximidades. Definían las representaciones de la cueva como “tectiformes” pintados en color rojo (“frise de signes tectiformes peints en rouge“), acompañando la reseña de un croquis realizado a mano alzada.

Calco de Henri Breuil del arte de las Herrerías, publicado en 1914
Calco de Henri Breuil del arte de las Herrerías, publicado en 1914

En realidad la catalogación de los signos en forma de parrilla como “tectiformes”, también aplicada a signos similares en otras cuevas, como el caso de El Buxu, no se ajusta demasiado a su morfología: “tectiforme” hace referencia a una tipología de signo bien definido, con remate en forma triangular, formado por dos líneas oblicuas a modo de techo,  perfectamente localizado en las cuevas francesas de la Dordogna (Bernifal, Les Combarelles,  Font-de-Gaume o Rouffignac).

Tectiformes de la cueva de Font-de-Gaume
Tectiformes de la cueva de Font-de-Gaume

El estudio más extenso sobre las pinturas de Herrerías es publicado en 1972 por Francisco Jordá y Manuel Mallo. En él se insiste en que los signos “en parrilla” conservados en Herrerías repiten el mismo motivo a lo largo del techo de la sala de las pinturas: formas más o menos rectangulares con trazos interiores paralelos. Más allá de las descripción de los motivos, de la concentración y repetición del signo dominante y de la ausencia total de representaciones animales, recientemente se ha señalado una ordenación gráfica según “diversa orientación y en función de ciertos accidentes geológicos“, como grietas u oquedades.

Detalle de una de las "parrillas" de la cueva de Herrerías. © Javier Fortea
Detalle de una de las “parrillas” de la cueva de Herrerías. © Javier Fortea

Los diferentes motivos están pintados en un rojo intenso, combinando puntuaciones y trazo único; lamentablemente algunos de ellos han sido agredidos en tiempos recientes por raspados y frotamientos. Para los motivos de Herrerías se pueden señalar paralelos en cuevas asturianas (Tito Bustillo), cantábricas (Aguas de Novales) y francesas (Le Cantal), siendo especialmente llamativa la semejanza del motivo de la cueva francesa con la parrilla de Herrerías señalada con el número siete en el calco de Jordá y Mallo. No obstante para estos autores la significación de estos motivos tienen una delimitación territorial definida, tratandose de un tema similar pero con versiones distintas en otros ámbitos geográficos, llegando a plantear su relación con “algún signo distintivo relativo a una colectividad humana, expresión plástica de una especie de emblema de un grupo social“.

Comparativa de los motivos de Herrerías: de izquierda a derecha, Herrerías, Tito Bustillo, Aguas de Novales y Le Cantal
Comparativa de los motivos de Herrerías: de izquierda a derecha, Herrerías, Tito Bustillo, Aguas de Novales y Le Cantal

Sin entrar a valorar estas consideraciones, sí debemos tener presente la idea desarrollada por Francisco Jordá de la existencia de “santuarios” monotemáticos, en cuya definición encajaría perfectamente el arte de Herrerías. En esta idea profundizó más tarde Javier Fortea, al referirse a la existencia de espacios singularizados, monotemáticos de signos, y de los cuales, además de Herrerías, encontraríamos ejemplos en la Lluera II (aunque con la presencia de al menos una cierva),  la Galería de Llonín y el conocido Camarín de las Vulvas o el más desconocido Conjunto VI, ambos en Tito Bustillo. Se trata por tanto de sitios que contienen representaciones figurativas y que dedican a los signos “espacios topográficamente muy singularizados o acotados” (Buxu, Llonín, Tito Bustillo), mientras que otros, (Herrerías, Mazaculos, Balmori, Sidrón, Tebellín…) solo contienen este tipo de figuraciones abstractas.

"Parrillas" representadas en la cueva de Tito Bustillo. © Miguel de Guzmán
“Parrillas” representadas en la cueva de Tito Bustillo. © Miguel de Guzmán

Respecto a la cronología de tales manifestaciones, en el caso concreto de Herrerías no se cuenta con elemento de datación alguno, si bien por comparación estilística diversos autores han llevado el arte de la cueva a los momentos finales del Paleolítico superior (Magdaleniense medio y superior). No obstante la secuencia de superposiciones en paneles complejos podría permitir postular una mayor antiguedad para estos motivos: alineaciones de barras en vertical y formas rectangulares con esquinas rectas o redondeadas y compartimentadas en su interior pueden ser adscritas a momentos premagdalenienses en cuevas como Llonín o Tito Bustillo. Sin embargo, y desprovistos de dataciones directas, resulta dificil ordenar cronológicamente estas producciones, que atañen a reducidos lotes gráficos en complejos paneles con distintas fases artísticas superpuestas.

BIBLIOGRAFÍA

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Coímbre

“El bisonte grabado en la cueva de Coímbre es excepcional por la profundidad del trazo grabado y modelado, que transmite una intención casi escultórica por parte del autor. Dada su gran calidad técnica, la figura es por sí misma referencia del arte paleolítico de la región”. (María González-Pumariega, 2008)

Bloque con el bisonte grabado del conjunto B de Coímbre. © Equipo Norte, Ministerio de Educación y Cultura
Bloque con el bisonte grabado del conjunto B de Coímbre. © Equipo Norte, Ministerio de Educación y Cultura

COÍMBRE, TAMBIÉN CONOCIDA COMO “CUEVA DE LAS BRUJAS”,  se ubica en las proximidades de Alles, capital del concejo de Peñamellera Alta, en la vertiente norte del llamado monte Pendendo, destacando su gran boca, abierta a unos setenta metros de altura sobre el río Besnes. Muy próxima a la cueva de Llonín, uno de los grandes conjuntos rupestres de la región asturiana, se trata de una gruta de enorme complejidad topográfica.

Fue dada a conocer por Gregorio Gil y Alfonso Moure en 1972, publicándose entonces las primeras referencias a la cueva, su conjunto rupestre y su yacimiento arqueológico, cuya notable entidad se ha puesto de manifiesto en las recientes investigaciones llevadas a cabo entre 2008 y 2012, dirigidas por el arqueólogo David Álvarez Alonso.

Respecto al yacimiento arqueológico que contiene, si bien desde el momento del descubrimiento se hace alusión a su potencial, nunca hasta el año 2008 se hace estudio alguno referido a tal depósito. Las primeras referencias arqueológicas son llevadas a cabo por Pilar Utrilla, quién en 1981 realiza una primera atribución cronológica y cultural a partir de algunos materiales localizados en superficie, que enmarcaría entre el Magdaleniense inferior y medio y el Aziliense. Con posterioridad, y ya en 1997, la arqueóloga Gema Adán publica algunas referencias a material óseo procedente de la cueva y recogido igualmente en superficie. Entre estos materiales destacan una varilla y una azagaya con decoración geométrica que se encuentran depositadas en el Museo Arqueológico de Asturias.

Los trabajos más recientes se centran en dos áreas de excavación localizadas en el interior de la gruta. El llamado sector A corresponde a un cono de derrubios y escombros fuertemente alterado por saqueos modernos. El sector B corresponde a una pequeña cámara situada en el interior de la gran sala de entrada. Destaca el importante número de útiles recuperados a pesar de la escasa superficie excavada, con miles de elementos líticos sobre sílex y cuarcita cuyas características tecnotipológicas remiten a momentos avanzados del Magdaleniense cantábrico. Entre la industria ósea se han recuperado varios fragmentos de azagayas y varillas, destacando una azagaya completa, con sección circular y base en doble bisel. También se han recuperado cinco objetos de adorno con perforación, concretamente tres conchas y dos caninos atróficos de ciervo. Igualmente, procede de este sector un canto grabado con motivos geométricos. Entre la industria ósea se cuenta con la presencia de arpones, que remitirían cronológicamente a los momentos avanzados del Magdaleniense cantábrico. No obstante  la reciente presentación de la secuencia estratigráfica del sector B de Coímbre permite apuntar a una mayor amplitud cronológica en los momentos de ocupación, con niveles antiguos que se remontan al final del Gravetiense y a momentos de transición entre el Solutrense y el Magdaleniense inferior. Los restos faunísticos recuperados señalan un predominio del ciervo y de la cabra como especies cinegéticas.

Se han realizado excavaciones sistemáticas desde el año 2008, dirigidas por el arqueólogo David Álvarez Alonso. © Equipo investigador de Coímbre, Fundación María Cristina Masaveu Peterson
Se han realizado excavaciones sistemáticas desde el año 2008, dirigidas por el arqueólogo David Álvarez Alonso. © Equipo investigador de Coímbre, Fundación María Cristina Masaveu Peterson

Sobre el arte rupestre de la cueva, la primera descripción publicada por Gregorio Gil y Moure destaca la conservación únicamente de representaciones grabadas, sin restos de pintura. El repertorio gráfico se divide en cinco conjuntos, desde el vestíbulo hasta zonas más profundas ubicadas en el interior de la gruta y galerías secundarias de difícil acceso.

El primer conjunto (A) se encuentra en la entrada de la cueva, iluminado permanentemente por la luz natural: mediante incisiones profundas se representan algunos signos, con trazos lineales verticales y motivos definidos como esquemáticas representaciones vulvares de forma triangular.

En el segundo conjunto (B), ya en el límite de penumbra, destaca la representación de un gran bisonte, conformando una de las representaciones más sobresalientes del arte paleolítico asturiano: sobre un bloque exento de desprendimiento se realizó una figura de más de un metro de longitud, grabada en una línea continua muy profunda y aprovechando la forma natural del bloque, consiguiendo el artista paleolítico un destacado efecto escultórico en la figura. El realismo se consigue además en la posición de las patas, la representación de las pezuñas y cuernos y el detalle del ojo y la boca del animal. Ejemplos similares en el tratamiento del volumen de la figura solo los encontraríamos en algunas figuras de La Lluera y en alguno de los bisontes representados en La Covaciella. En este mismo sector se identifica la parte anterior de un caballo.

Bisonte grabado en la cueva de Coimbre. © Equipo Norte, Ministerio de Educación y Cultura
Bisonte grabado en la cueva de Coimbre. © Equipo Norte, Ministerio de Educación y Cultura

El tercer conjunto decorado identificado en la sala interior de Coímbre (D, según la nomenclatura de Moure y Gil), se encuentra al final de la misma, en un pequeño compartimento donde se documentan cuatro figuras de pequeño tamaño trazadas con una línea continua muy fina y en parte sombreados con trazos múltiples y discontinuos, expresando un convencionalismo que inevitablemente recuerda a algunas de las más destacadas representaciones de la vecina cueva de Llonín. Se identifican las cabezas de un bovino, un caballo y un cérvido.

Los dos conjuntos restantes se encuentran en dos galerías secundarias cuyo acceso se ubica en la pared izquierda de la cueva. Apenas a cinco metros de la boca está la entrada a la galería donde se documenta el cuarto conjunto (zona E de la nomenclatura de Moure y Gil). Tras unos quince metros de recorrido que obligan primero a reptar y luego a descender unos cuatro metros por una colada estalagmítica, se llega a un pequeño ensanchamiento donde se documentan dos caballos, dos bovinos, dos ciervos, dos cápridos y varios signos, uno de los cuales semeja un pez. De nuevo se insiste en el uso del grabado simple y continuo combinado con grabados de trazo múltiple y discontinuo. El quinto conjunto (zona C de Moure y Gil) se encuentra en una gatera ubicada en la parte final de la pared izquierda de la cueva, con una serie de pequeñas cabezas de cierva muy difíciles de ver y fotografiar, ya que se encuentran en el techo, lo que obliga a reptar boca arriba para poder apreciarlas. Están realizadas con una línea fina y continua sobre una roca blanda y alterada.

Cabeza de cabra grabada en el conjunto E de la cueva de Coímbre. © Equipo Norte, Ministerio de Educación y Cultura
Cabeza de cabra grabada en el conjunto E de la cueva de Coímbre. © Equipo Norte, Ministerio de Educación y Cultura

Cronológicamente los grabados de trazo fino o trazo múltiple remitirían a momentos avanzados del Magdaleniense. El gran bisonte, diferente técnica y formalmente, podría remitir en su estilo al Magdaleniense medio, siendo más difícil precisar  la antiguedad de las representaciones del sector A, ubicadas en la entrada de la cueva.

BIBLIOGRAFÍA

MÁS INFORMACIÓN:

COÍMBRE. INVESTIGACIÓN

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