La Lloseta

“Toda su larga galería fue explorada y grafiada de principio a fin, durante los mismos tiempos antiguos en que Tito Bustillo lo fuera, hasta una chimenea de paredes con escasos apoyos que se comunica, no pocos metros más abajo, con el techo de Tito Bustillo” (Javier Fortea, 2007)

 

LA CUEVA DE LA LLOSETA se ubica en el macizo de Ardines, pequeña elevación caliza situada en la desembocadura del río Sella. Forman parte del mismo macizo kárstico las cuevas de Tito Bustillo, La Cuevona y La Viesca, también conocida en Ribadesella como la cueva de El Tenis. La entrada de La Lloseta es un abrigo de buenas dimensiones, con una amplia boca orientada al sur, y una galería inferior de aproximadamente 300 m de longitud y sentido descendente. Al final de esta galería un estrecho pasadizo da paso a una sala terminal, donde un pozo conduce a una chimenea que en vertical, comunica con la cueva de Tito Bustillo.

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Vista de la entrada de la Lloseta en 1915. © Francisco Herńandez-Pacheco de la Cuesta. MNCN.

La Lloseta es descubierta en 1913 por Eduardo Hernández-Pacheco, y excavada en 1915 por él mismo y por Paul Wernert. Conocida entonces como cueva del Río o como cueva de Ardines, la información que tenemos sobre aquellos trabajos dan cuenta de una excavación realizada en la pared derecha del yacimiento, en una cata de unos dos metros de ancho y en un nivel de poco espesor (de unos 20-30 cm). En total se documentaron en estas excavaciones un total de 176 piezas líticas y 22 en hueso o asta. Entre la industria lítica aparecen varios núcleos, raspadores, buriles, hojas y raederas, en su mayor parte de cuarcita, aunque también hay algunas piezas de sílex. Entre el material óseo se encuentran agujas, azagayas (dos unibiselares y una de doble bisel), punzones, una varilla, una espátula, un cincel, huesos aguzados y cuernas trabajadas. Destacan también dos masas pétreas que estaban expuestas en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, formadas por un conjunto de conchas de diversos moluscos costeros, huesos fragmentados de animales, cantos de cuarcita y fragmentos de sílex rotos intencionalmente. Uno de los bloques se correspondería con un nivel magdaleniense (con presencia de patellas y littorina de gran tamaño), y el otro con un nivel asturiense (con presencia de mejillón, ostra y erizo de mar).

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Excavaciones en la cueva de La Lloseta en 1915. © Francisco Hernández-Pacheco de la Cuesta. MNCN.

Transitada de manera incontrolada a lo largo de la primera mitad del siglo XX, en una de esas incursiones se recogió una calota craneal depositada en la galería inferior de la cueva, dada a conocer en el año 2001.

En el año 1956 Francisco Jordá lleva a cabo una nueva excavación arqueológica, publicando los resultados de la misma en 1958. Identifica tres niveles arqueológicos en su excavación, y si bien en un primer momento adscribe el nivel III al Solutrense final, con posterioridad consideró que los tres debían ser encuadrados en el Magdaleniense inferior cantábrico. Entre los objetos encontrados destacan ejemplos de arte mobiliar, como azagayas con incisiones rectas y algunos objetos óseos con grabados más complejos (líneas paralelas horizontales y oblicuas o aspas), un fragmento de bastón perforado con incisiones paralelas verticales y algunos dientes perforados.

El problema es que Jordá no identifica esta cueva con la excavada por Hernández-Pacheco, considerándolas dos yacimientos diferentes. Esta confusión perdurará hasta finales de los años setenta, cuando Manuel Mallo, Junto a Manuel Hoyos y Teresa Chapa publican la identificación de ambas cuevas como un mismo yacimiento.

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Planta de La Lloseta con la localización de los conjuntos decorados según Balbín, Alcolea y González. © Sergio Ríos, César González de Castro, Marco de la Rasilla, Javier Fortea.

Las primeras referencias al arte rupestre paleolítico de la cueva se publican en 1959, en un artículo que aparece en el diario ovetense Región, firmado por Rafael Llano Cifuentes, quien identifica y describe uno de los caballos conservados en el panel de la sala terminal de la cueva. También localiza la chimenea que da paso a Tito Bustillo, planteando entonces la continuidad de la Lloseta hacia un piso inferior. Esta referencia cayó inexplicablemente en el olvido, hasta que a finales de 1968, Manuel Mallo y Manuel Pérez dan cuenta de la existencia de arte rupestre en la cueva, tras una visita llevada a cabo con motivo de la celebración del II Campamento Regional de Espeleología. Describen entonces dos caballos, dos cabras, un signo escaleriforme y varios restos informes de pinturas rojas, a los que asignan una cronología antigua, dentro del ciclo que Jordá denominó auriñaco-perigordiense.

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Caballos representados en la cueva de La Lloseta. El que aparece en primer plano fue visto por Rafael Llano Cifuentes en 1958, publicando su descripción un año más tarde. © María González-Pumariega Solís. Gobierno del Principado de Asturias, Consejería de Cultura.

A partir del año 1999 Rodrigo de Balbín dirigirá nuevas campañas de investigación en relación con esta cueva: en 2001 lleva a cabo una pequeña intervención arqueológica en la zona de recogida de la calota craneal anteriormente mencionada. En la cata practicada no se encontró ningún otro resto humano, ni industria lítica, sino “abundante hueso revuelto y concentrado en un único nivel” superficial. Una muestra de esos huesos fue datada en 11.830 BP. Al mismo tiempo lleva a cabo una revisión del arte rupestre de la cavidad, proponiendo un importante incremento de representaciones gráficas, tanto figurativas como abstractas.

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Representación de mamut en La Lloseta. Fotografía y calco. © Rodrigo de Balbín, J. Javier Alcolea, Miguel Ángel González.

Así, se han señalado manifestaciones rupestres en doce conjuntos repartidos por las dos paredes de la galería inferior, y en su sala terminal. También en la denominada galería cimera, pequeño nicho ubicado entre el nivel del abrigo y el de la galería inferior. En total se reconocen trece caballos, seis bisontes, tres uros, cuatro cabras, dos ciervas, un reno, un megaceros, un mamut y siete animales indeterminados. Respecto a los signos, se definen diferentes tipologías: numerosas puntuaciones y trazos digitales, líneas y bastoncillos, un signo vulvar, signos serpentiformes, signos complejos cerrados y varias formaciones geológicas decoradas. La cronología propuesta abarca una fase antigua presolutrense (estilo II), una fase intermedia que se asigna al Solutrense y al Magdaleniense inicial (estilo III), y una fase del Magdaleniense pleno, que se reduce a las figuras documentadas en el conjunto 4 (estilo IV).

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Fotografía y calco de una representación de reno en la llamada Galería Cimera de La Lloseta. © Rodrigo de Balbín, J. Javier Alcolea, Miguel Ángel González.

Este balance ha despertado algunas dudas, que atañen especialmente a la realidad de algunos de los motivos figurativos documentados, a partir de la comparación entre las fotografías publicadas y los calcos obtenidos. En la observación in situ, tampoco se pude certificar la existencia de determinados motivos gráficos. Así, por ejemplo, la representación del mamut del panel 2 del Conjunto 1 no responde a las convenciones gráficas características de esta especie, en especial la colocación de las patas en relación con el tronco; en el conjunto 4, la exagerada curvatura en la línea cérvico dorsal de un caballo, la configuración de la giba de los bisontes o la desproporción corporal de la cabra descrita, se alejan de las convenciones gráficas propias del Magdaleniense cantábrico.

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Fotografía y calco del caballo representado en el llamado conjunto 4 de La Lloseta. © Rodrigo de Balbín, J. Javier Alcolea, Miguel Ángel Pereda.

Por su parte, las figuras rojas de la galería cimera responden a interpretaciones muy forzadas de lo que no parecen ser más que manchas naturales de la pared. Según Javier Fortea, “la noción de lusus naturae, la identificación muy forzada, o la constatación de que no son más que simples manchas, afecta a casi todas las propuestas figurativas más significativas”.

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Trazos rojos pintados en la Lloseta. © María González-Pumariega Solís. Gobierno del Principado de Asturias, Consejería de Cultura.

Sin embargo sí hay que reconocer que al igual que en la vecina cueva de Tito Bustillo, toda la galería fue explorada y grafíada con marcas rojas de principio a fin, incluso en la sala de más difícil acceso, siendo significativo que en el punto de comunicación entre ambas cavidades, dejasen plasmadas las más seguras representaciones zoomorfas de toda la cueva.

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BIBLIOGRAFÍA

 

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Centenario del descubrimiento de la caverna de La Peña de Candamo

“Itinerario bien fácil es el que conduce desde la estación del ferrocarril a la cueva de La Peña. Síguese, primero, el camino que conduce al pueblo de San Román, y pasado este se asciende por un camino que entre castaños y huertos faldea el cerro. El sendero avanza a trechos en escalones pues así lo exigen la pendiente y lo fragoso del terreno, hasta la misma puerta de la caverna” (Eduardo Hernández-Pacheco, 1919).

 

­EL DESCUBRIMIENTO y la identificación del arte paleolítico de la cueva de La Peña de Candamo tiene lugar en el año 1914. No obstante, la caverna de La Peña, según Eduardo Hernández-Pacheco, ya era conocida de los habitantes de San Román desde mediados del siglo XIX. Prueba de ese conocimiento previo son las citas de Guillermo Schulz, mediado el siglo XIX y la mención de Gabriel Puig y Larraz en su catálogo de cavernas y simas de España, publicado en 1896.

Vista de La Peña de Candamo y del pueblo de San Román, a principios del siglo XX. © Juan Cabré, CSIC
Vista de La Peña de Candamo y del pueblo de San Román, a principios del siglo XX. © Juan Cabré, CSIC

La primera vez que se ven las pinturas y se valora su posible edad prehistórica es en el verano del año 1913, cuando el profesor Francisco J. Garriga, en compañía de Jesús Rodríguez, sobrestante de Obras Públicas de Oviedo y de otros veraneantes, visita la cueva. De esta circunstancia da cuenta un año más tarde, en el verano de 1914, a Eduardo Hernández-Pacheco, en San Esteban de Pravia, en vísperas de su regreso a Madrid después de la campaña de excavaciones llevada a cabo en la cueva de La Paloma (Las Regueras). Inspeccionada la cueva, Hernández-Pacheco certifica su autenticidad: “comprobé la existencia de un gran lienzo de pared en el salón grande cubierto de numerosos grabados y pinturas, y la de un caballo, pintado en pardo oscuro, en sitio inmediato al que ocupan los grabados“.

Vista del interior de la cueva en 1917: a la izquierda, Eduardo Hernández-Pacheco; a la derecha, escalera colocada para subir al Camarín. © Juan Cabré, CSIC
Vista del interior de la cueva en 1917: a la izquierda, Eduardo Hernández-Pacheco; a la derecha, escalera colocada para subir al Camarín. © Juan Cabré, CSIC

Poco tiempo después, El Conde de la Vega del Sella escribe a Eduardo Hernández-Pacheco, haciéndole saber del hallazgo de una cueva cerca de Pravia, que resultó ser la misma caverna. El Conde, además, pudo certificar la autenticidad de las pinturas, al levantar una capa de costra caliza concreccionada bajo la cual se conservaban dos toros y diversos grupos de puntuaciones en negro. De dicha visita da cuenta Vega del Sella en un artículo aparecido en la revista La Esfera, en 1918, titulado “Los Primitivos Pobladores de Asturias”: “En un gran lienzo de pared, liso y vertical, aparecen un gran número de figuras sobrepuestas unas a otras, que se asemeja a un encerado en el que se dibujase sin haber borrado completamente las anteriores representaciones“. Por cierto, como en la misma publicación nos narra, Vega del Sella visitó La Peña acompañado del doctor H. Obermaier, investigador alemán a quién había acogido en su casa de Nueva de Llanes, después de que el estallido de la I Guerra Mundial le sorprendiese en Puente Viesgo, excavando, junto a su ayudante Paul Wernert, la cueva de El Castillo.

Calco de las figuras del Camarín, realizado por Benítez Mellado sobre dibujos previos de Juan Cabré © Benítez Mellado, CSIC
Calco de las figuras del Camarín, realizado por Benítez Mellado sobre dibujos previos de Juan Cabré © Benítez Mellado, CSIC

El comienzo de la investigación del arte de La Peña tiene lugar en octubre de 1914, cuando Hernández-Pacheco  y Juan Carandell, por aquel entonces ayudante de laboratorio de geología del Museo Nacional de Ciencias Naturales, efectúan una prospección detenida de la cueva, descubriendo nuevos conjuntos pintados y restos líticos, levantando un primer croquis topográfico y completando la realización de trabajos preliminares con nuevas fotografías y algunos calcos. La primera referencia publicada al arte paleolítico de La Peña aparece en el Boletín de noviembre de la Real Sociedad Española de Historia Natural, en un artículo titulado “Investigaciones prehistóricas en la caverna de La Peña de San Román de Candamo (Asturias)”.

Ya en 1915, visitando la cueva en compañía de Juan Cabré, dibujante, fotógrafo y comisario de exploraciones de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas, “se encontraron encaramándonos por los revestimientos estalagmíticos, dos huecos cerca del techo del salón grande, en donde existían pintados en uno de ellos, que llamamos “El Camarín”, varios caballos, que son las más bellas pinturas de la caverna, y en otro hueco inmediato una pintura representando una cabra montés“.

Benítez Mellado, fotografiado en el entorno de La Peña de Candamo, en 1917.© Francisco Hérnández-Pacheco de la Cuesta, CSIC
Benítez Mellado, fotografiado en el entorno de La Peña de Candamo, en 1917.© Francisco Hérnández-Pacheco de la Cuesta, CSIC

Los trabajos de investigación que se sucedieron con posterioridad, y ya en compañía de Francisco Benítez Mellado, dibujante de la Comisión, o Paul Wernert, por aquel entonces ayudante de la Comisión, dieron como resultado una de las publicaciones más bellas, fundamentadas y documentadas que sobre arte rupestre paleolítico se han editado en España: la memoria nº 24 de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas, publicada en 1919 y dedicada a la caverna de La Peña, firmada por Hernández-Pacheco con la colaboración de Juan Cabré y Francisco Benítez Mellado.

Desde Asturias se pondrá en marcha a lo largo del año 2014 una serie de actos conmemorativos del descubrimiento, cuya sede principal será el Centro de Interpretación de la Caverna de La Peña de Candamo, en San Román, contando como ubicaciones complementarias de los actos el Parque de la Prehistoria de Teverga y el Museo Arqueológico de Asturias:

  • Una exposición bajo el título 100 años de la Caverna de Candamo servirá de eje vertebrador de todos los actos. Esta muestra está subdividida en tres secciones que serán itinerantes, por rotación, entre las tres sedes:
  1. El Arte de la Frontera, se inaugurará en abril, y sus contenidos versarán sobre el arte prehistórico, con un desarrollo específico de los yacimientos rupestres de la cuenca media del Nalón. La exposición contará con el apoyo de visitas guiadas, ciclos de conferencias y encuentros-coloquio con los especialistas que participan en el montaje.
  2. La Caverna de La Peña, se inaugurará en mayo en el Museo Arqueológico de Asturias, y su contenido estará centrado en la historia de la caverna durante estos cien años, contando con los mismos apoyos que la anterior, así como visitas temáticas a la exposición permanente del Museo.
  3. El Artista de Candamo se inaugurará en junio en el Parque de la Prehistoria de Teverga, y su contenido se centrará en las diferentes visiones aportadas por los artistas contemporáneos del arte prehistórico y en particular del arte de la caverna de Candamo. Tendrá los mismos recursos que las otras muestras y se le sumarán visitas temáticas a la Cueva de Cuevas.
  • Del 3 al 5 de julio se celebrará el congreso internacional “Cien años de arte rupestre paleolítico. Centenario del descubrimiento de la cueva de La Peña de Candamo”, coordinado por la Universidad de Salamanca y la UNED.
  • Estas actividades se ampliarán con otros actos, como el montaje de una exposición filatélica sobre el Arte prehistórico en el mundo del sello, con sede en el Centro de Interpretación de la Caverna; emisión de sello, matasellos y sobre del centenario de la Caverna de Candamo; una programación de talleres temáticos orientados al público familiar cuyo hilo conductor serán los hábitos y costumbres en la Prehistoria; y el estreno de la obra musical “Paisaje Cuaternario”, compuesta por Jorge Méndez, en homenaje a Candamo y a la Caverna de La Peña. Además, durante los días 9, 10 y 11 de agosto tendrán lugar las “Lecciones Magistrales” ofrecidas por profesores de prestigio internacional en el ámbito del arte paleolítico.
  • Finalmente, en la última semana de agosto tendrá lugar un encuentro internacional con especialistas que visitarán Candamo con motivo de la excursión precongreso de la Unión Internacional de Ciencias Prehistóricas y Protohistóricas (UISPP).
Dibujo de Francisco Benítez Mellado para una guía de La Peña de Candamo publicada en 1929
Dibujo de Francisco Benítez Mellado para una guía de La Peña de Candamo publicada en 1929

Los actos conmemorativos servirán para acercar este excepcional patrimonio a la sociedad; para recordar la talla intelectual y científica de aquellos pioneros en el estudio y la documentación del arte rupestre; para conocer nuevas propuestas y nuevos hallazgos; para analizar y debatir aspectos de gestión y conservación que eviten los males que por desgracia han dejado huella indeleble sobre las paredes y el arte de la cueva. Pero sobre todo, para reconocer la relevancia de La Peña y de su arte, según Hernández-Pacheco “una de las más importantes de España por los numerosos grabados que encierra de la época magdaleniense, juntamente con no pocas pinturas también de los tiempos del Paleolítico superior; y una de las de más difícil estudio, para descifrar la maraña de figuras que entrecruzadas y superpuestas, llenan el espacioso muro donde nuestros ancestrales de la edad de piedra las grabaron“.

 

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El Conde de la Vega del Sella (1870-1941)

“Sus cualidades (saber, humildad e hidalguía) le tuvieron siempre alejado de ese afán insano de figurar e intervenir en organizaciones científicas, lesionando intereses de otros o atropellando e invadiendo campos cuya actividad corresponde a profesionales, no obstante tener una formación rigurosa y nada común que hacían de él nuestra autoridad máxima en arqueología cuaternaria” (Julio Martínez Santa-Olalla, 1941)

 

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Ricardo Duque de Estrada y Martínez de Morentín, Conde de la Vega del Sella
Ricardo Duque de Estrada y Martínez de Morentín, Conde de la Vega del Sella

RICARDO DUQUE DE ESTRADA Y MARTÍNEZ DE MORENTÍN, Conde de la Vega de Sella, fue uno de los principales impulsores del conocimiento de la Prehistoria asturiana y cantábrica, siendo el Paleolítico donde tuvo más peso su aportación científica.

Nacido en Pamplona y educado en Francia y en San Sebastián, se licenció en Derecho por la Universidad de Oviedo en 1892. Tras contraer matrimonio en 1897 se traslada a vivir a Nueva de Llanes, llegando a ocupar en 1909 la presidencia de la Diputación de Oviedo. Fallece en 1941, afectado por los trágicos acontecimientos de la Guerra Civil Española y por la muerte de su hijo mayor a manos de las tropas republicanas.

Hombre sencillo a pesar de su origen noble, deja a un lado su carrera política para dedicarse a su vocación por la Prehistoria y la Arqueología. Muy importante en la orientación de su inquietud investigadora fue una estancia en Francia donde tuvo contacto con las colecciones paleolíticas reunidas en sus museos, colaborando con Cartailhac y con el Conde Begöuen en el estudio de los materiales recuperados en sus excavaciones arqueológicas.

Ya en España colabora con Hernández-Pacheco, con el que inicia una intensa actividad prospectora en el territorio asturiano, y acoge en su casa de Nueva, tras el estallido de la I Guerra Mundial, a los prehistoriadores Hugo Obermaier y Paul Wernert. En 1913 inicia sus actividades como colaborador de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas, dependiente del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, dando pie al desarrollo de una intensa actividad arqueológica hasta 1934.

Practicó una arqueología impecable, estableciendo la secuencia del Paleolítico cantábrico sobre la base de un yacimiento principal, Cueto la Mina, que ofrecía el grueso de los horizontes culturales del Paleolítico Superior. También definió el Asturiense, no solo desde el punto de vista cultural, sinó también ambiental, estableciendo su cronología postpaleolítica. Asimismo realizó aportaciones a la paleoclimatología, basadas en sus observaciones geológicas y paleontológicas, efectuando las primeras consideraciones paleogeográficas de la zona litoral y costera, tratando las relaciones e implicaciones de tales fenómenos con los horizontes culturales prehistóricos.

Si bien el arte rupestre no fue un tema especialmente atendido por El Conde, participó junto con Eduardo Hernández-Pacheco en el descubrimiento de La Peña de Candamo; publicó una pormenorizada monografía sobre la cueva de El Buxu con Hugo Obermaier;  y junto a Benítez Mellado copió las representaciones artísticas de la cueva de El Castillo.

En relación con el arte rupestre, aportó algunas reflexiones que muchos años después se deben seguir teniendo en cuenta en el diagnóstico y estudio del arte paleolítico: el hallazgo de pinturas rupestres debajo de costras de carbonato cálcico en la cueva de La Peña, le permitió diagnosticar la antigüedad de las mismas, destacando que los dibujos habían quedado protegidos por la capa calcítica.

A la derecha, Vega del Sella acompañado de Hugo Obermaier. © Hugo Obermaier-Gesellschaft
A la derecha, Vega del Sella acompañado de Hugo Obermaier. © Hugo Obermaier-Gesellschaft

De gran relevancia en su momento fueron las observaciones referidas a la cueva de La Loja, su arte rupestre y su yacimiento arqueológico, por cuanto notó que los investigadores que habían analizado sus representaciones gráficas habían hecho “…el estudio de los grabados sin conexión con el yacimiento“. El Conde intentó mostrar en este caso dos ideas:  por un lado la conveniencia de conocer las secuencias arqueológicas de las cuevas con arte; y por otro lado que “...es muy posible que el arte pictórico prehistórico haya tenido momentos de esplendor seguidos de otros de decaimiento, como sucede con la mayoría de las manifestaciones artísticas” (Vega del Sella, 1929) y por tanto, “no siempre lo que a nuestros ojos parece desproporcionado, defectuoso o alejado de cánones razonables, tiene necesariamente que pertenecer a las etapas más antiguas” (Rasilla, 1991).

De izquierda a derecha, el Conde de la Vega del Sella, Henri Breuil, el Conde Begöuen y Hugo Obermaier. © Hugo Obermaier-Gesellschaft
De izquierda a derecha, el Conde de la Vega del Sella, Henri Breuil, el Conde Begöuen y Hugo Obermaier. © Hugo Obermaier-Gesellschaft

Su capacidad docente y de síntesis queda patente en su extensa producción bibliográfica, en su mayor parte editada por la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas, y en algunos casos costeada de su propio pecunio, constituyendo aproximadamente un tercio de las Memorias de dicha Comisión.

Tras su fallecimiento, Eduardo Hernández-Pacheco escribió un sentido artículo, en homenaje a su figura y labor como investigador, de la que afirma, “es una de las que dan prestigio a la ciencia hispana”.

 

­BIBLIOGRAFÍA DEL CONDE DE LA VEGA DEL SELLA

  • Paleolítico y arte rupestre

La Cueva del Penicial. J.A.E. Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas. Memoria nº 4, Madrid, 1914.

Nomenclatura de voces técnicas y de instrumentos típicos del Paleolítico (en colaboración con otros investigadores vinculados a la C.I.P.P.). J.A.E. Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas. Memoria nº 10, Madrid, 1916.

Paleolítico de Cueto de la Mina (Asturias). J.A.E. Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas. Memoria nº 13, Madrid, 1916.

La Cueva de El Buxu (en colaboración con Hugo Obermaier). J.A.E. Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas. Memoria nº 20, Madrid, 1918.

El Asturiense. Nueva industria preneolítica. J.A.E. Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas. Memoria nº 32, Madrid, 1923.

“El diagnóstico de las pinturas rupestres”. En Memorias de la Real Sociedad de Historia Natural, II, p. 781-789, Madrid, 1929.

Las cuevas de La Riera y Balmori (Asturias). J.A.E. Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas. Memoria nº 38, Madrid, 1930.

  • Megalitismo y Edad de los Metales

Las Pinturas Prehistóricas de Peña Tu (en colaboración con Eduardo Hernández- Pacheco). J.A.E. Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas. Memoria nº 2, Madrid, 1914.

El dolmen de la Capilla de Santa Cruz (Asturias). J.A.E. Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas. Memoria nº 22, Madrid, 1919.

  • Geología

Teoría del Glaciarismo Cuaternario por desplazamientos polares. J.A.E. Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas. Memoria nº 35, Madrid, 1927.

 

­Fuente: Marco de la Rasilla Vives. El Conde de la Vega del Sella y la Arqueología Prehistórica en Asturias (1870-1941). Catálogo de la Exposición. Principado de Asturias, Oviedo 1991.

 

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